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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
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La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
[Viene de: La chica que jugó con fuego]
Gabriel atrapó la maleta cuando ella se la arrojó, sosteniéndola y comprobando que no debía llevar demasiadas cosas tomando en cuenta que se estaba mudando de forma permanente a la academia. Se quedó mirando como ella avanzaba, rechazando la ayuda que le había ofrecido en aquella indirecta y luego sonrió. Sonrió al verla perdida, al ver que, aunque seguía siendo igual de fuerte y orgullosa, también era igual de vulnerable a sus ojos. La sonrisa en sus labios y su mirada era difícil de ubicar. Si al caso estaría en un punto perdido entre la maldad burlona y la satisfacción alegre. Suspiró tras un momento, sin dejar de sonreír del todo, apenas relajando su rostro un poco.
-Aun eres una mocosa… -susurró, más bien para si mientras se ponía en el hombro la maleta.
Se adelantó hacia ella, al verla cojear, a unos pasos detrás y de pronto alargó una mano y la tomó por la muñeca a la fuerza. Era con su misma mano diestra, aquella pesada y endurecida, dueña de una fuerza hercúlea. La sujetó como si fuera a forzarla a algo, y así era. Tiró de ella de un movimiento. Era delgada y casi no pesaba nada, ligera… eso le gustaba. Prácticamente la levantó del piso y se la colocó en la espalda. Sujetó sus muslos con las manos y la dejó sobre su espalda. No la cargaría como damisela en desgracia, pero no quería forzarla a caminar… ¿era eso, de verdad solo por amabilidad o quería demostrar que iría como él decía? Aunque eso también era falso, eran demasiadas razones…
Caminó con ella encima, ignorando a quien pudiera verles, y se alejó de aquél sitio. No se percató que se había olvidado de todos los problemas de la tarde, toda la pesadez y angustia habían pasado. Que efecto tan poderoso era ese que tenía Leona Blomkvist sobre Gabriel Mercer. Avanzó alejándose del jardín y hacia la ruta más corta que conocía hacia Villa Fortuna, la misma que usaba a diario y que ahora le había servido más de una vez.
Cuando llegaron a la puerta de la casa la soltó, bajándola para poder abrir. El sitio era de un solo piso, pequeño y sencillo. Se notaba que no pasaba demasiado tiempo ahí. Tenía una cocina pequeña, una sala que consistía en una mesa baja, un sofá y un sillón, con a penas un librero. Un desayunador era la única mesa existente. No había televisión a la vista.
-Siéntete como en casa –comentó avanzando hacia la sala para dejar la maleta en el sofá- volveré en un momento…
Se fue al único baño y se escuchó como buscaba algo…
Gabriel atrapó la maleta cuando ella se la arrojó, sosteniéndola y comprobando que no debía llevar demasiadas cosas tomando en cuenta que se estaba mudando de forma permanente a la academia. Se quedó mirando como ella avanzaba, rechazando la ayuda que le había ofrecido en aquella indirecta y luego sonrió. Sonrió al verla perdida, al ver que, aunque seguía siendo igual de fuerte y orgullosa, también era igual de vulnerable a sus ojos. La sonrisa en sus labios y su mirada era difícil de ubicar. Si al caso estaría en un punto perdido entre la maldad burlona y la satisfacción alegre. Suspiró tras un momento, sin dejar de sonreír del todo, apenas relajando su rostro un poco.
-Aun eres una mocosa… -susurró, más bien para si mientras se ponía en el hombro la maleta.
Se adelantó hacia ella, al verla cojear, a unos pasos detrás y de pronto alargó una mano y la tomó por la muñeca a la fuerza. Era con su misma mano diestra, aquella pesada y endurecida, dueña de una fuerza hercúlea. La sujetó como si fuera a forzarla a algo, y así era. Tiró de ella de un movimiento. Era delgada y casi no pesaba nada, ligera… eso le gustaba. Prácticamente la levantó del piso y se la colocó en la espalda. Sujetó sus muslos con las manos y la dejó sobre su espalda. No la cargaría como damisela en desgracia, pero no quería forzarla a caminar… ¿era eso, de verdad solo por amabilidad o quería demostrar que iría como él decía? Aunque eso también era falso, eran demasiadas razones…
Caminó con ella encima, ignorando a quien pudiera verles, y se alejó de aquél sitio. No se percató que se había olvidado de todos los problemas de la tarde, toda la pesadez y angustia habían pasado. Que efecto tan poderoso era ese que tenía Leona Blomkvist sobre Gabriel Mercer. Avanzó alejándose del jardín y hacia la ruta más corta que conocía hacia Villa Fortuna, la misma que usaba a diario y que ahora le había servido más de una vez.
Cuando llegaron a la puerta de la casa la soltó, bajándola para poder abrir. El sitio era de un solo piso, pequeño y sencillo. Se notaba que no pasaba demasiado tiempo ahí. Tenía una cocina pequeña, una sala que consistía en una mesa baja, un sofá y un sillón, con a penas un librero. Un desayunador era la única mesa existente. No había televisión a la vista.
-Siéntete como en casa –comentó avanzando hacia la sala para dejar la maleta en el sofá- volveré en un momento…
Se fue al único baño y se escuchó como buscaba algo…

Gabriel Mercer- STAFF

- Mensajes: 919
Fecha de inscripción: 19/01/2011
Edad: 28
Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Para su disgusto, Gabriel había sonreido por no saber a donde ir... Genial. Bufó ligeramente mientras giraba los ojos... Le encantaba decirle mocosa. Le dieron ganas de decirle "Pero si ya cumplí los 18 años" pero eso solamente haría que sonara aún más infantil, además, se imaginaba que para él siempre seria una niña o algo así. Las primeras impresiones lo eran casi todo... Y claro, él siempre seria mayor, no importa cuanto tiempo pasara. Por cierto... ¿Qué edad tendría él? No recordaba haber intercambiado edades, pero él había descubierto por su cuerpo la edad aproximada, siendo menor de edad. Quizás después le preguntaria... Por como hablaba podria imaginar que estaba cercano a los cuarenta (?)
Estaba esperando a que comenzara a moverse para ir tras él, pero al unico sitio que se movio fue cerca de ella, tomándola de la muñeca con aquella mano que tantos sentimientos encontrados le causaban. Se estremeció al sentirla y le miró con cara de duda. La jaló hacia él. Cojeó un poco, intentando oponer resistencia, pero el cuerpo le dolió por los moretones que tenia en algunos sitios. No lo demostró.
- Qué dem---
Pero entonces la subió a su espalda, como si fuera una mochila. No dijo nada... Se quedó silenciosa mientras la acomodaba para avanzar, saliendo del sitio.Pasó sus delgados brazos alrededor del cuello de Mercer, para sujetarse mejor. Recargó el costado de su rostro sobre la nuca del cazador, aspirando su aroma personal. Sonrió ligeramente, aprovechando que no la veia.
Llegaron a una zona habitacional y entraron a una de las tantas casas que se veian iguales. Muy bonitas... Sin embargo, la de Gabriel, por dentro, no se veia tan... Bonita. "Departamento de soltero" pensó Leona, mientras la bajaba para cerrar la puerta y caminar a algún sitio lejos de ella. Le dijo que se sintiera como en casa... Arrugó los labios mientras cojeaba a los cajones de la cocina, lo más cercano, y se ponia a husmear en los cajones, en el refrigerador, en la alacena e incluso abriendo el horno de la estufa. ¿Qué esperaba encontrar? Nada en realidad, solo quería saber qué tenia... Nunca se imagino como es que vivia Gabriel Mercer, o en donde. Y ahora le daba excesiva curiosidad... Sus gustos, sus pertencias, sus costumbres, sus habitos...
Salió de la cocina a la sala, abriendo los cajones de un mueble. No lo hacía silenciosamente, o con afán de no ser descubierta. Le valía si la veía o no y quizás no iba a detenerse si regresaba de lo que fuera que estuviera haciendo.
Estaba esperando a que comenzara a moverse para ir tras él, pero al unico sitio que se movio fue cerca de ella, tomándola de la muñeca con aquella mano que tantos sentimientos encontrados le causaban. Se estremeció al sentirla y le miró con cara de duda. La jaló hacia él. Cojeó un poco, intentando oponer resistencia, pero el cuerpo le dolió por los moretones que tenia en algunos sitios. No lo demostró.
- Qué dem---
Pero entonces la subió a su espalda, como si fuera una mochila. No dijo nada... Se quedó silenciosa mientras la acomodaba para avanzar, saliendo del sitio.Pasó sus delgados brazos alrededor del cuello de Mercer, para sujetarse mejor. Recargó el costado de su rostro sobre la nuca del cazador, aspirando su aroma personal. Sonrió ligeramente, aprovechando que no la veia.
Llegaron a una zona habitacional y entraron a una de las tantas casas que se veian iguales. Muy bonitas... Sin embargo, la de Gabriel, por dentro, no se veia tan... Bonita. "Departamento de soltero" pensó Leona, mientras la bajaba para cerrar la puerta y caminar a algún sitio lejos de ella. Le dijo que se sintiera como en casa... Arrugó los labios mientras cojeaba a los cajones de la cocina, lo más cercano, y se ponia a husmear en los cajones, en el refrigerador, en la alacena e incluso abriendo el horno de la estufa. ¿Qué esperaba encontrar? Nada en realidad, solo quería saber qué tenia... Nunca se imagino como es que vivia Gabriel Mercer, o en donde. Y ahora le daba excesiva curiosidad... Sus gustos, sus pertencias, sus costumbres, sus habitos...
Salió de la cocina a la sala, abriendo los cajones de un mueble. No lo hacía silenciosamente, o con afán de no ser descubierta. Le valía si la veía o no y quizás no iba a detenerse si regresaba de lo que fuera que estuviera haciendo.

Leona- Mensajes: 126
Fecha de inscripción: 14/03/2012
Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Gabriel llegó al cuarto de baño y se detuvo frente al lavabo y se miró al espejo. Se sorprendió un poco y se acercó ligeramente, apoyando sus manos en el lavabo para verse. Tenía los ojos rojos por la falta de sueño de la noche anterior y el trabajo de ayudar en la reconstrucción de algunas partes, muy pequeñas, sin mencionar la tensión en que se encontraba, lo hacían ver agotado, cansado y quizás hasta arruinado. Era como verse después de días sin dormir y trabajar muy duro. Pero lo que más le sorprendió era que se veía… contento. Se quedó boquiabierto un momento y luego, lentamente, sonrió de medio labio, bajó la cabeza y negó con la misma. Sabía bien por que estaba así.
Volvió a levantar la mirada y ladeo el rostro. Había pasado algún tiempo, pero no estaba del todo mal. Se lavó el rostro y se secó con una toalla. Abrió el gabinete del espejo y sacó de ahí enjuague bucal y se lo aplico…
-Que ridículo –susurro mientras escupía el enjuague.
Dejó su enjuague y tomó un bote de ungüento que a veces utilizaba para golpes, desinfectante, gazas y una que otra cosa, y volvió a donde había dejado a Leona.
En los cajones de Gabriel había pocas cosas: en la cocina solamente algunos cubiertos o latas, quizás alguno que otro trapo para limpiar que no usaba muy seguido pues era raro que cocinara. En el resto de los cajones era ropa y uno que otro libro o cosas pequeñas era todo lo que encontraría, nada demasiado significativo. En la sala había un par de cuadernos o listas de alumnos y de más. Sobre uno de los cajones, al lado del sillón, había una fotografía de una chica. Estaba sumamente maltratada y quizás Leona pudiera recordar haberla visto antes.
Gabriel regresó y se la encontró husmeando en sus cosas. Se quedó quieto un momento, solo mirándola registrar sin ninguna contemplación. Sin darse cuenta sonrió un poco, pero finalmente se acercó a ella, con pasos sonoros para que se percatara que había llegado y la estaba mirando. No le dijo nada, solo se acercó a ella un momento y la miro… e hizo un esfuerzo sobrehumano de no besarla ahí mismo.
-Siéntate –le pidió señalándole el sofá detrás de ella mientras dejaba las cosas que había traído en una mesita cercana a aquél mueble. Tomó un ungüento y lo destapó, seguramente ella podría entender que quería darle alguna atención de emergencia… -¿Qué había dicho sobre que si lo dejaban manosear a las chicas heridas? –murmuró.
Se quito la chaqueta, mientras la miraba, al hacerlo quedó expuesto su brazo, rojo, azul y con tintes blancos. El mismo que ella conocía muy bien… se quito también las muleras y la pistola, pero esa la dejó en un cajón, no olvidaba que era una loca, eso lo tenía muy presente aun que estaba enamorado de ella.
Volvió a levantar la mirada y ladeo el rostro. Había pasado algún tiempo, pero no estaba del todo mal. Se lavó el rostro y se secó con una toalla. Abrió el gabinete del espejo y sacó de ahí enjuague bucal y se lo aplico…
-Que ridículo –susurro mientras escupía el enjuague.
Dejó su enjuague y tomó un bote de ungüento que a veces utilizaba para golpes, desinfectante, gazas y una que otra cosa, y volvió a donde había dejado a Leona.
En los cajones de Gabriel había pocas cosas: en la cocina solamente algunos cubiertos o latas, quizás alguno que otro trapo para limpiar que no usaba muy seguido pues era raro que cocinara. En el resto de los cajones era ropa y uno que otro libro o cosas pequeñas era todo lo que encontraría, nada demasiado significativo. En la sala había un par de cuadernos o listas de alumnos y de más. Sobre uno de los cajones, al lado del sillón, había una fotografía de una chica. Estaba sumamente maltratada y quizás Leona pudiera recordar haberla visto antes.
- Chica de la foto:

Gabriel regresó y se la encontró husmeando en sus cosas. Se quedó quieto un momento, solo mirándola registrar sin ninguna contemplación. Sin darse cuenta sonrió un poco, pero finalmente se acercó a ella, con pasos sonoros para que se percatara que había llegado y la estaba mirando. No le dijo nada, solo se acercó a ella un momento y la miro… e hizo un esfuerzo sobrehumano de no besarla ahí mismo.
-Siéntate –le pidió señalándole el sofá detrás de ella mientras dejaba las cosas que había traído en una mesita cercana a aquél mueble. Tomó un ungüento y lo destapó, seguramente ella podría entender que quería darle alguna atención de emergencia… -¿Qué había dicho sobre que si lo dejaban manosear a las chicas heridas? –murmuró.
Se quito la chaqueta, mientras la miraba, al hacerlo quedó expuesto su brazo, rojo, azul y con tintes blancos. El mismo que ella conocía muy bien… se quito también las muleras y la pistola, pero esa la dejó en un cajón, no olvidaba que era una loca, eso lo tenía muy presente aun que estaba enamorado de ella.

Gabriel Mercer- STAFF

- Mensajes: 919
Fecha de inscripción: 19/01/2011
Edad: 28
Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Le sorprendio no encontrar demasiadas cosas... Bien, seguia siendo como se dijo, un departamento de soltero. Y eso le daba un hecho que provocó que su corazón latiera rápidamente. De verdad estaba soltero. Gruñó a sí misma, reprochándose por alegrarse por algo tan estúpido. Así como jamás le preguntó su edad, tampoco le preguntó si era casado o algo así... Gabriel se le imaginaba el tipo de hombre que tenia una novia esperándolo en algun lado de Europa, una rubia bonita de ojos claros que le gustara coser y cantar... Y que luego muere trágicamente... Ok! Había visto muchas peliculas, pero no podia evitar pensar de aquella manera. Que hubieran tenido una aventura hace unos años no evitaba que él ya tuviera a alguien. Y aún así, no podia cantar victoria.
Vió la listas de alumnos reafirmando el hecho de que realmente era profesor y abajo de todo... Una foto. La tomó entre sus dedos delgados y la miró con atención. ¿La había visto antes? No recordaba del todo, pero tampoco se le hacía una desconocida. Giró la fotografía esperando encontrar un nombre o algo en el reverso, o una fecha. No se percató de que él ya estaba mirándola, y no lo hizo hasta que sus pasos resonaron en la sala. Giró el rostro y volvió a guardar la foto, para cerrar el cajón.
Miró sus manos, traia cosas para los primeros auxilios. Giró los ojos mientras le obedecia a regañadientes, sentándose en el sillón. Ya conocía los cuidados del cazador y no podía quejarse de ellos. Era obvio que ella misma conocía la manera de tratarse, pero por alguna casualidad él aparecía antes de poder encontrar un sitio tranquilo donde hacerlo o incluso en el momento de caer incociente... Ella se quitó la chaqueta de peluche que siempre traía y la dejó caer al suelo. Debajo tenia puesto una camisa de tirantes color negra.... Llevaba unas vendas improvisadas, moretones y demás. Se hizo la que no escuchó su murmullo.
- Que fea casa tienes... Parece algo temporal.
Dijo de pronto. Y de hecho si parecía como una casa de paso... ¿Eso queria decir que Gabriel podia irse en cualquier momento? ¿No era un empleo fijo? Sabía que la vida de los cazadores era nómada pero un trabajo, como el de profesor, mínimo debia de atarte a un lugar... A menos que fuera por alguna misión.
- ¿A quién tienes que matar? Se supone que es una escuela pacifista.
Se acercó más a él y estiró su brazo hacia él. No iba a repelar, él iba a pelear hasta someterla y curarla... Y la verdad es que le dolia todo como para pelear... De momento. Miró de reojo su brazo demoniaco, para después volver a desviar la mirada al cajón donde estaba la fotografía.
Vió la listas de alumnos reafirmando el hecho de que realmente era profesor y abajo de todo... Una foto. La tomó entre sus dedos delgados y la miró con atención. ¿La había visto antes? No recordaba del todo, pero tampoco se le hacía una desconocida. Giró la fotografía esperando encontrar un nombre o algo en el reverso, o una fecha. No se percató de que él ya estaba mirándola, y no lo hizo hasta que sus pasos resonaron en la sala. Giró el rostro y volvió a guardar la foto, para cerrar el cajón.
Miró sus manos, traia cosas para los primeros auxilios. Giró los ojos mientras le obedecia a regañadientes, sentándose en el sillón. Ya conocía los cuidados del cazador y no podía quejarse de ellos. Era obvio que ella misma conocía la manera de tratarse, pero por alguna casualidad él aparecía antes de poder encontrar un sitio tranquilo donde hacerlo o incluso en el momento de caer incociente... Ella se quitó la chaqueta de peluche que siempre traía y la dejó caer al suelo. Debajo tenia puesto una camisa de tirantes color negra.... Llevaba unas vendas improvisadas, moretones y demás. Se hizo la que no escuchó su murmullo.
- Que fea casa tienes... Parece algo temporal.
Dijo de pronto. Y de hecho si parecía como una casa de paso... ¿Eso queria decir que Gabriel podia irse en cualquier momento? ¿No era un empleo fijo? Sabía que la vida de los cazadores era nómada pero un trabajo, como el de profesor, mínimo debia de atarte a un lugar... A menos que fuera por alguna misión.
- ¿A quién tienes que matar? Se supone que es una escuela pacifista.
Se acercó más a él y estiró su brazo hacia él. No iba a repelar, él iba a pelear hasta someterla y curarla... Y la verdad es que le dolia todo como para pelear... De momento. Miró de reojo su brazo demoniaco, para después volver a desviar la mirada al cajón donde estaba la fotografía.

Leona- Mensajes: 126
Fecha de inscripción: 14/03/2012
Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Leona pareció dispuesta a cooperar, y eso le agradó bastante a Gabriel, tampoco tenía tantas ganas de pelear con ella, menor ahora en su rencuentro. Se acercó y se inclinó frente a donde estaba sentada, poniendo una rodilla al suelo. Acomodó todas las cosas de curación que había traído y tomó el brazo que ella le extendía. Pareció que no ponía atención a su queja sobre su hogar, mientras comenzaba a retirarle los vendajes improvisados.
-Cuando llegué no sabía si me quedaría, así que no desempaqué todo… y después solo lo fui posponiendo –comentó sin mirarla, atento a su trabajo mientras limpiaba sus heridas- supongo que no le vendría mal algo de mano al lugar pero como soy yo solo no he tenido necesidad…
Guardó silencio un momento mientras una diminuta sonrisa se dibujaba en su rostro, pero no intentó ocultarla ni tampoco mostrarla directamente, solo la dejó de lado en cuanto pudo. Demoró en contestar a su pregunta un poco, como si meditara la respuesta. Si, la academia era pacifista, pero en su experiencia la paz absoluta existe solo a cambio de la pelea, era una paradoja en la que él tenía su lugar del lado mas violento, pese a que no le gustara. Tomó un poco de alcohol y lo echó sobre un algodoncillo…
-Si todo sale bien, no tengo que matar a nadie, solo no dejar que me maten, aunque ahora no sé que va a pasar… -comenzó a pasa el algodón por las heridas y en una que otra lo exprimió dejando salir el alcohol directamente.
De pronto se quedó viendo sus heridas… ¿mordidas, rasguños o armas? Pasó sus ojos de las heridas de Leona hasta los ojos de ella un momento y ahí se detuvo, mirándola de forma inquisitiva, como si de pronto hubiera algo importante que quisiera saber, pero no se molestó en decir nada. Murmuró un “mordidas” y luego, de pronto, tomó la mano de ella por la muñeca, con su mano derecha, y la llevo a su boca… y comenzó a darle algunas mordidas en sus dedos, algunas suaves y otras un poco mas fuertes, inevitablemente dejando algo de saliva en sus dedos. Se los sacó y la miró un instante.
-¿Dolió? –preguntó con tranquilidad y no volvió a hacer nada parecido por el momento.
¿Qué había sido eso? Ni siquiera él lo sabía, solo un impulso extraño, repentino e inevitable.
Vendó las heridas mas grabes, coloco curitas, pomadas y de más en todos lados y la dejó bastante llena de ungüento en realidad… tras aquello se levantó y colocó las cosas sobre una mesita, mientras la miraba, o más bien la examinaba cuidadosamente. Había cambiado, era diferente a la niña loca que había conocido en Suiza. También lo había hecho en parte por dentro, pero aun la conocía un poco. La señaló con su mano diestra, apuntándola con un afilado dedo en forma de garra, aunque sin parecer amenazante ni nada por el estilo.
-Quítate la blusa –le dice como si cualquier cosa.
-Cuando llegué no sabía si me quedaría, así que no desempaqué todo… y después solo lo fui posponiendo –comentó sin mirarla, atento a su trabajo mientras limpiaba sus heridas- supongo que no le vendría mal algo de mano al lugar pero como soy yo solo no he tenido necesidad…
Guardó silencio un momento mientras una diminuta sonrisa se dibujaba en su rostro, pero no intentó ocultarla ni tampoco mostrarla directamente, solo la dejó de lado en cuanto pudo. Demoró en contestar a su pregunta un poco, como si meditara la respuesta. Si, la academia era pacifista, pero en su experiencia la paz absoluta existe solo a cambio de la pelea, era una paradoja en la que él tenía su lugar del lado mas violento, pese a que no le gustara. Tomó un poco de alcohol y lo echó sobre un algodoncillo…
-Si todo sale bien, no tengo que matar a nadie, solo no dejar que me maten, aunque ahora no sé que va a pasar… -comenzó a pasa el algodón por las heridas y en una que otra lo exprimió dejando salir el alcohol directamente.
De pronto se quedó viendo sus heridas… ¿mordidas, rasguños o armas? Pasó sus ojos de las heridas de Leona hasta los ojos de ella un momento y ahí se detuvo, mirándola de forma inquisitiva, como si de pronto hubiera algo importante que quisiera saber, pero no se molestó en decir nada. Murmuró un “mordidas” y luego, de pronto, tomó la mano de ella por la muñeca, con su mano derecha, y la llevo a su boca… y comenzó a darle algunas mordidas en sus dedos, algunas suaves y otras un poco mas fuertes, inevitablemente dejando algo de saliva en sus dedos. Se los sacó y la miró un instante.
-¿Dolió? –preguntó con tranquilidad y no volvió a hacer nada parecido por el momento.
¿Qué había sido eso? Ni siquiera él lo sabía, solo un impulso extraño, repentino e inevitable.
Vendó las heridas mas grabes, coloco curitas, pomadas y de más en todos lados y la dejó bastante llena de ungüento en realidad… tras aquello se levantó y colocó las cosas sobre una mesita, mientras la miraba, o más bien la examinaba cuidadosamente. Había cambiado, era diferente a la niña loca que había conocido en Suiza. También lo había hecho en parte por dentro, pero aun la conocía un poco. La señaló con su mano diestra, apuntándola con un afilado dedo en forma de garra, aunque sin parecer amenazante ni nada por el estilo.
-Quítate la blusa –le dice como si cualquier cosa.

Gabriel Mercer- STAFF

- Mensajes: 919
Fecha de inscripción: 19/01/2011
Edad: 28
Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
(Off: Disculpa la tardanza, love. Justo un día antes del mes -_n)
Gabriel se inclinó frente a ella para comenzar a retirarle los vendajes improvisados que se había puesto al salir de la capilla, en el pueblo. Ella seguía mirando a cualquier otro lado que no fuera el rostro del hombre, mientras le escuchaba responder a sus cuestionamientos acerca de su casa y eso... La respuesta fue simple. Tan simple que Leona se sintió ligeramente turbada... Dio un ligero respingo cuando comenzó a aplicar los ungüentos necesarios, sumado con el desinfectante. El dolor no era demasiado, pero igual se sentia.
"Como soy yo solo no he tenido necesidad..." Y vio aquella sonrisa semi oculta. Sintió otro retortijón en el estomago y aprovecho que las heridas le ardian para quejarse suavemente, camuflajeando ese hecho. Pero... Eso seguia sin significar nada. Aun podia tener a alguien lejos de alli... Como ella con Magnus. ¿Por qué siempre tenia que pensar de la peor forma? Así era su forma de ser... Negativa y loca. ¿No dejar que lo maten? Bufó burlonamente mientras se acomodaba el cabello con la mano libre.
- Que aburrido eres... ¿Dónde queda la emoción de la caceria? - Dio un salto más obvio al sentir el alcohol en las heridas. Arrugó el entrecejo y se dio el lujo de mirarlo. - ¡Au!
Pero lo que encontró no fue un hombre entretenido en la curación, sino una mirada azul e inquisitiva que la abarcaba totalmente... Desde las heridas hasta sus ojos cobrizos. No dijo o hizo nada, sino que le pagó con no desviar la mirada, viéndole de la misma manera. De pronto murmuró "Mordidas" y se llevó sus dedos directo a la boca, para morderla, a veces con calma y otras con fuerza. Fue tan repentino que no pudo reprimir un sonrojo bastante notorio. ¡¿Por qué tenia que arrancarle esas muestras de debilidad?! Cuando retiró los dedos pudo ver la saliva y las marcas de los dientes.
- No... Muerdes como un cachorro.
Dijo ante la pregunta de que si le había dolido. Fue curiosa su respuesta y sonrió de lado, recordando las mordidas de tantos lycans... Bajó el rostro, fingiendo que se preocupaba por ver como había colocado una venda, rezando que no se fijara en ese sonrojo tan obvio. Se distrajo cuando le dijo que se quitara la blusa. Le vio de reojo y observó esas garras azules apuntarle... Sintió como su cuerpo temblaba suavemente, recordando cosas... Y arrugó el entrecejo molesta. Odiaba que él le provocara todo eso, que pudiera tener la confianza de tocarla, morderla y salir ileso. Tenia unas ganas de patearlo, lanzarlo por la ventana, besarlo, golpearlo, tomarlo entre sus brazos... ¡Ag!
- ¿Asi nada más? Pfff...
Sin repelar demasiado se quito la blusa de tirantes, quedando en un bra color negro. Tenia muchas otras heridas en el costado y vientre. Se inclinó un poco para buscar entre su chaqueta las pastillas para su corazón, extrayendolas con cuidado. Abrió el frasco con calma y se llevó a secas un par a la boca. Para Gabriel, sin duda Leona había aumentado algunos kilos, al menos más que aquella vez que se vieron en Suiza. De pronto le miró de reojo...
- ¿Quién es ella?
Y apuntó al cajón donde vio aquella foto. Fue una pregunta llana, sencilla, directa... Y realmente podria decirse que era mera curiosidad. El cazador ya la había visto rebuscar en sus cosas como un gato en casa nueva, así que, más dudas no eran sorprendentes. Sin embargo, ella sabía que era por otras razones... Alguien que conserva la fotografía de alguien, es porque tiene algún lazo afectivo. Y eso, es lo que le causaba tanta duda.
"Como soy yo solo no he tenido necesidad..." Y vio aquella sonrisa semi oculta. Sintió otro retortijón en el estomago y aprovecho que las heridas le ardian para quejarse suavemente, camuflajeando ese hecho. Pero... Eso seguia sin significar nada. Aun podia tener a alguien lejos de alli... Como ella con Magnus. ¿Por qué siempre tenia que pensar de la peor forma? Así era su forma de ser... Negativa y loca. ¿No dejar que lo maten? Bufó burlonamente mientras se acomodaba el cabello con la mano libre.
- Que aburrido eres... ¿Dónde queda la emoción de la caceria? - Dio un salto más obvio al sentir el alcohol en las heridas. Arrugó el entrecejo y se dio el lujo de mirarlo. - ¡Au!
Pero lo que encontró no fue un hombre entretenido en la curación, sino una mirada azul e inquisitiva que la abarcaba totalmente... Desde las heridas hasta sus ojos cobrizos. No dijo o hizo nada, sino que le pagó con no desviar la mirada, viéndole de la misma manera. De pronto murmuró "Mordidas" y se llevó sus dedos directo a la boca, para morderla, a veces con calma y otras con fuerza. Fue tan repentino que no pudo reprimir un sonrojo bastante notorio. ¡¿Por qué tenia que arrancarle esas muestras de debilidad?! Cuando retiró los dedos pudo ver la saliva y las marcas de los dientes.
- No... Muerdes como un cachorro.
Dijo ante la pregunta de que si le había dolido. Fue curiosa su respuesta y sonrió de lado, recordando las mordidas de tantos lycans... Bajó el rostro, fingiendo que se preocupaba por ver como había colocado una venda, rezando que no se fijara en ese sonrojo tan obvio. Se distrajo cuando le dijo que se quitara la blusa. Le vio de reojo y observó esas garras azules apuntarle... Sintió como su cuerpo temblaba suavemente, recordando cosas... Y arrugó el entrecejo molesta. Odiaba que él le provocara todo eso, que pudiera tener la confianza de tocarla, morderla y salir ileso. Tenia unas ganas de patearlo, lanzarlo por la ventana, besarlo, golpearlo, tomarlo entre sus brazos... ¡Ag!
- ¿Asi nada más? Pfff...
Sin repelar demasiado se quito la blusa de tirantes, quedando en un bra color negro. Tenia muchas otras heridas en el costado y vientre. Se inclinó un poco para buscar entre su chaqueta las pastillas para su corazón, extrayendolas con cuidado. Abrió el frasco con calma y se llevó a secas un par a la boca. Para Gabriel, sin duda Leona había aumentado algunos kilos, al menos más que aquella vez que se vieron en Suiza. De pronto le miró de reojo...
- ¿Quién es ella?
Y apuntó al cajón donde vio aquella foto. Fue una pregunta llana, sencilla, directa... Y realmente podria decirse que era mera curiosidad. El cazador ya la había visto rebuscar en sus cosas como un gato en casa nueva, así que, más dudas no eran sorprendentes. Sin embargo, ella sabía que era por otras razones... Alguien que conserva la fotografía de alguien, es porque tiene algún lazo afectivo. Y eso, es lo que le causaba tanta duda.

Leona- Mensajes: 126
Fecha de inscripción: 14/03/2012
Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Las pupilas azules de Gabriel temblaron. Esa fue la única reacción que tuvo cuando vio a Leona sacar las pastillas y tomárselas, por fuera no hizo ningún cambio, ni dijo una sola palabra. No tenía derecho a preguntar, aun. Se preguntó si era una drogadicta como él, y al llegarle esa idea sonrió de forma más pronunciada y miró a un lado tratando de no verse muy cínico. “Drogadicto”, nunca se había dado cuenta de que se tuviera en una estima tan baja en cuanto a Claudia. ¿Dónde había quedado su avasallador orgullo? Aquellos que consumían drogas nunca le significaron menos y pensaba que la palabra “drogadicto” era más bien un insulto, y ahora lo usaba consigo mismo. Negó con la cabeza, tenía que aclarar eso. Volvió los ojos y contempló a Leona Blomkvist, de quien estaba enamorado, en bra y sentada en su casa. Si, tenía que aclarar eso… después.
Se acercó cuando ella, de pronto, preguntó algo. Los ojos de Gabriel siguieron a donde señaló y recordó la foto de Mary que tenía dentro, la única que tenía de ella en realidad. Volvió a ver a Leona pero ahora con una extraña seriedad. Entonces ocurrió algo muy rápido. La mano de Gabriel pareció centellar de azul un momento pero no se produjo ningún cambio, Sparda no se manifestó. No hizo falta en realidad. Gabriel, como un rayo, colocó su mano en la cabeza de Leona y la lanzó contra el sofá, sosteniéndola contra este como si quisiera ahogarla, pero lo cierto es que no ponía demasiada fuerza, ella seguro podía librarse si se lo proponía. No le aplastó la cara, sino más bien la barbilla contra el mueble. Al tiempo que había hecho eso, pateó sus tobillos y con la otra mano le subió las piernas en el sofá. El resultado es que la había dejado boca abajo sobre el mueble. Habría sido mucho más fácil solo pedirle que se recostara pero por alguna razón Gabriel quería… manejarla, obligarla. No se dio cuenta de las ganas que tenía de someterla así, de forma más simbólica que física en realidad.
Hubo un poco de miedo dentro de Gabriel Mercer. Nunca había sentido deseo de hacer aquello con nadie. Sabía que estaba enamorado de Leona, pero no tenía idea de que ella lo descontrolara de esa forma. Se colocó sobre ella apoyando un pie en el suelo para no dejarle todo su peso encima pues estaba herida. Cualquiera que los viera pensaría lo peor. Colocó su cabeza al lado de la de ella, apoyando su mentón en el colchón y pegándole la mejilla a la de ella tanto que a penas le daba lugar. Los cabellos de los dos se entremezclaron.
-Esa es mi hermanita Mary –le susurró mirando hacia el cajón que ella había señalado antes-. Puedes burlarte e insultar todo lo que quieras de mi, de mi casa o lo que te de la gana, pero no toleraré que nadie nunca hable de ella si no es con respeto.
No usó ningún tono amenazante, en realidad había sonado comprensivo. Quería dejar eso claro. No se movió, sino que se quedó ahí sobre ella un momento, con su mejilla pegada a la ajena. Miró al techo, aunque solo logró ver sus propios mechones blancos.
-Quiero golpearte y… -dijo tan bajo que no era ni un susurro. Guardó silencio sin completar la frase.
Al fin se apartó y retiró su mano de ella, pero no se le quitó de encima. Permaneció sentado sobre ella, concretamente encima de sus caderas. Tenía una rodilla del lado izquierdo de Leona, apoyada sobre el sofá, y la otra pierna la tenía del lado derecho de ella, apoyada en el piso. No le tenía su peso completo encima, pero aun así buscó una posición cómoda. Se sacó la pistola de la sobaquera, le quitó el cargador y la dejó sobre la mesa, donde la foto de Mary, que había colocad de un lado de las cachas, era evidente. Se guardó el cargador. Sabía que, por más que la quisiera, seguía siendo una loca con bastante poder. Miró su espalda un momento.
-Todavía eres una mocosa –comentó de paso mientras delineaba las heridas que tenía ella.
¿Qué demonios estaba haciendo? Si alguien entraba por la puerta lo encontraría prácticamente montado sobre la alumna nueva. De pronto se dio cuenta de que eso no le importaba. Tomó lo que necesitaba y procedió a curarla. Sabía hacerlo bien, no era medico, pero las heridas para un cazador eran como el acné para un adolecente. Trabajó en silencio salvo por alguno que otro “¿duele?”. Cuando la respuesta era negativa ejercía un poco más de fuerza.
-Listo –dijo al terminar- es mejor que te quedes esta noche, conmigo y hasta que te recuperes.
Comentó mientras la veía con sumo interés.
Se acercó cuando ella, de pronto, preguntó algo. Los ojos de Gabriel siguieron a donde señaló y recordó la foto de Mary que tenía dentro, la única que tenía de ella en realidad. Volvió a ver a Leona pero ahora con una extraña seriedad. Entonces ocurrió algo muy rápido. La mano de Gabriel pareció centellar de azul un momento pero no se produjo ningún cambio, Sparda no se manifestó. No hizo falta en realidad. Gabriel, como un rayo, colocó su mano en la cabeza de Leona y la lanzó contra el sofá, sosteniéndola contra este como si quisiera ahogarla, pero lo cierto es que no ponía demasiada fuerza, ella seguro podía librarse si se lo proponía. No le aplastó la cara, sino más bien la barbilla contra el mueble. Al tiempo que había hecho eso, pateó sus tobillos y con la otra mano le subió las piernas en el sofá. El resultado es que la había dejado boca abajo sobre el mueble. Habría sido mucho más fácil solo pedirle que se recostara pero por alguna razón Gabriel quería… manejarla, obligarla. No se dio cuenta de las ganas que tenía de someterla así, de forma más simbólica que física en realidad.
Hubo un poco de miedo dentro de Gabriel Mercer. Nunca había sentido deseo de hacer aquello con nadie. Sabía que estaba enamorado de Leona, pero no tenía idea de que ella lo descontrolara de esa forma. Se colocó sobre ella apoyando un pie en el suelo para no dejarle todo su peso encima pues estaba herida. Cualquiera que los viera pensaría lo peor. Colocó su cabeza al lado de la de ella, apoyando su mentón en el colchón y pegándole la mejilla a la de ella tanto que a penas le daba lugar. Los cabellos de los dos se entremezclaron.
-Esa es mi hermanita Mary –le susurró mirando hacia el cajón que ella había señalado antes-. Puedes burlarte e insultar todo lo que quieras de mi, de mi casa o lo que te de la gana, pero no toleraré que nadie nunca hable de ella si no es con respeto.
No usó ningún tono amenazante, en realidad había sonado comprensivo. Quería dejar eso claro. No se movió, sino que se quedó ahí sobre ella un momento, con su mejilla pegada a la ajena. Miró al techo, aunque solo logró ver sus propios mechones blancos.
-Quiero golpearte y… -dijo tan bajo que no era ni un susurro. Guardó silencio sin completar la frase.
Al fin se apartó y retiró su mano de ella, pero no se le quitó de encima. Permaneció sentado sobre ella, concretamente encima de sus caderas. Tenía una rodilla del lado izquierdo de Leona, apoyada sobre el sofá, y la otra pierna la tenía del lado derecho de ella, apoyada en el piso. No le tenía su peso completo encima, pero aun así buscó una posición cómoda. Se sacó la pistola de la sobaquera, le quitó el cargador y la dejó sobre la mesa, donde la foto de Mary, que había colocad de un lado de las cachas, era evidente. Se guardó el cargador. Sabía que, por más que la quisiera, seguía siendo una loca con bastante poder. Miró su espalda un momento.
-Todavía eres una mocosa –comentó de paso mientras delineaba las heridas que tenía ella.
¿Qué demonios estaba haciendo? Si alguien entraba por la puerta lo encontraría prácticamente montado sobre la alumna nueva. De pronto se dio cuenta de que eso no le importaba. Tomó lo que necesitaba y procedió a curarla. Sabía hacerlo bien, no era medico, pero las heridas para un cazador eran como el acné para un adolecente. Trabajó en silencio salvo por alguno que otro “¿duele?”. Cuando la respuesta era negativa ejercía un poco más de fuerza.
-Listo –dijo al terminar- es mejor que te quedes esta noche, conmigo y hasta que te recuperes.
Comentó mientras la veía con sumo interés.

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Haber preguntado quién era la chiquilla de a foto no obtuvo una respuesta hablada... Sino más bien una física. La empujó boca abajo contra el sillón, acomodándola como si fuera una muñeca hasta quedar como él quiere. Intentó moverse pero el dolor de la pierna y el cuerpo le hizo pensarlo dos veces. Y aunque Gabriel no presionaba con demasiada fuerza, si pudo sentir la fuerza natural de su masculinidad, la forma en que lo hacía, sin causar dolor pero sí para enseñarle quien mandaba ahí.
- Ugn...
Se removió un poco, indicándole que no estaba de acuerdo con ello, pero tampoco intentó quitarse. ¡¿Por qué se estaba dejando?! Recordó la vez que le metió un puñetazo en la cara en el hotel en Suiza. ¿Dónde estaba aquella Leona? Quizás la diferencia era que aquella de hace años no estaba...Feliz extrañada de encontrarlo una vez más. Entrecerró los ojos, molesta, tratando de resistir las ganas de girarse y sacarle el aire con un rodillazo.
La respuesta llegó, al sentir como él se inclinaba sobre ella, prácticamente usándola de sillón, susurrando en su oído, sintiendo la cercanía de su mejilla y sus cabellos albinos. ¿Su hermana Mary? Bufó por lo bajo cuando le advirtió aquello de hablar con respeto de la chiquilla. ¿Estaba en algún lado? ¿Por qué la dejaba sola? ¿O estaba con sus padres? Nunca había imaginado a Mercer como un hombre familiar, teniendo la concepción de él como un cazador solitario. ¿Así que sólo daba el pantallaso?
Las dudas se quedaron revoloteando en su cabeza cuando le dijo que quería golpearla, quedándose a medias de una frase.
- El sentimiento es mutuo, anciano.
Lo sintió enderezarse y escuchó como sacaba sus armas, además de quitarles el cargador. Sonrió ligeramente con satisfacción, sabiendo que aún así él le temía... Y eso le encantaba. Quizás de momento él tenia la ventaja por como ella se encontraba, pero mentalmente, sabía que ella podía sacar las garras de un momento a otro y sacarle un ojo o arrancarle un pedazo. Sin más él comenzó a curarla, diciendo que no le dolía a pesar de que él lo hiciera con más fuerza. Se mordía el labio inferior para no darle el gusto de gemir de dolor.
Apenas él dijo "listo" ella se giró sobre sí misma, haciendo presión con sus piernas y brazos. Fue repentino y con bastante fuerza, sin embargo no lo apartó de ella, sino que ahora estaba sentado sobre las caderas de una Leona que lo veía desde abajo. Le gruñó suavemente mientras buscaba a tientas su chaqueta.
- Quítate de encima... ¿Y quedarme aquí? ¿No es ilegal en Japón que los alumnos se queden con los maestros? Al menos en otras partes del mundo sí.
La verdad es que su pobre y medicado corazón latía como loco. Él le decía cosas estúpidas como: "Sí, acepta, sabes que lo deseas" Pero su mente arremetía diciéndole "No, no empieces mal, mejor asesínalo y quédate con su departamento". Su mano aún buscaba a tientas su chaqueta, por el suelo, donde sus dedos apenas si tocaban lo que había abajo, por la incomoda posición en la que estaba sometida.
- Por cierto... Gracias.
Dijo de pronto, mirando a otro lado que no fuera él.
- Ugn...
Se removió un poco, indicándole que no estaba de acuerdo con ello, pero tampoco intentó quitarse. ¡¿Por qué se estaba dejando?! Recordó la vez que le metió un puñetazo en la cara en el hotel en Suiza. ¿Dónde estaba aquella Leona? Quizás la diferencia era que aquella de hace años no estaba...
La respuesta llegó, al sentir como él se inclinaba sobre ella, prácticamente usándola de sillón, susurrando en su oído, sintiendo la cercanía de su mejilla y sus cabellos albinos. ¿Su hermana Mary? Bufó por lo bajo cuando le advirtió aquello de hablar con respeto de la chiquilla. ¿Estaba en algún lado? ¿Por qué la dejaba sola? ¿O estaba con sus padres? Nunca había imaginado a Mercer como un hombre familiar, teniendo la concepción de él como un cazador solitario. ¿Así que sólo daba el pantallaso?
Las dudas se quedaron revoloteando en su cabeza cuando le dijo que quería golpearla, quedándose a medias de una frase.
- El sentimiento es mutuo, anciano.
Lo sintió enderezarse y escuchó como sacaba sus armas, además de quitarles el cargador. Sonrió ligeramente con satisfacción, sabiendo que aún así él le temía... Y eso le encantaba. Quizás de momento él tenia la ventaja por como ella se encontraba, pero mentalmente, sabía que ella podía sacar las garras de un momento a otro y sacarle un ojo o arrancarle un pedazo. Sin más él comenzó a curarla, diciendo que no le dolía a pesar de que él lo hiciera con más fuerza. Se mordía el labio inferior para no darle el gusto de gemir de dolor.
Apenas él dijo "listo" ella se giró sobre sí misma, haciendo presión con sus piernas y brazos. Fue repentino y con bastante fuerza, sin embargo no lo apartó de ella, sino que ahora estaba sentado sobre las caderas de una Leona que lo veía desde abajo. Le gruñó suavemente mientras buscaba a tientas su chaqueta.
- Quítate de encima... ¿Y quedarme aquí? ¿No es ilegal en Japón que los alumnos se queden con los maestros? Al menos en otras partes del mundo sí.
La verdad es que su pobre y medicado corazón latía como loco. Él le decía cosas estúpidas como: "Sí, acepta, sabes que lo deseas" Pero su mente arremetía diciéndole "No, no empieces mal, mejor asesínalo y quédate con su departamento". Su mano aún buscaba a tientas su chaqueta, por el suelo, donde sus dedos apenas si tocaban lo que había abajo, por la incomoda posición en la que estaba sometida.
- Por cierto... Gracias.
Dijo de pronto, mirando a otro lado que no fuera él.

Leona- Mensajes: 126
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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Gabriel ladeó ligeramente la cabeza mientras la miraba debajo de él. Era la segunda vez que tenía que darle atención médica después de haber participado en una batalla. Pero en aquél entonces era una chica inconsciente a la que había tenido que ayudar a regañadientes. Ahora estaba montado sobre sus caderas sin ninguna intención de bajarse al parecer. Le fascinaba verla, podía notarse en sus ojos por ese brillo especial en ellos que los hacía verse casi cian. Pero no dijo una palabra al respecto, al menos no por ahora. Solo se limitó a escuchar sus excusas, entre las que no escuchó ningún “No”.
Mientras ella hablaba, Gabriel subió su mano izquierda a la altura de la espalda agenta y sus dedos comenzaron a rosarla en silencio. Que blanca era y que suave era su piel, como si se pudiera abrir con solo tocarla. Su pulgar y su dedo anular recorrieron la superficie de su espalda apenas tocándola. Parecía trazar formas con sus dedos, como imágenes tribales dignas de un tatuaje, pero solamente estaba haciendo una ruta entre sus cicatrices y por el canalillo que formaba su columna vertebral en esa posición.
-Por nada –le susurró cuando, finalmente, apareció su gratitud. Alargó la mano derecha y sus garras tomaron la chaqueta de Leona antes de que ella pudiera agarrarla y se la apartó-. No, te prestare algo cómodo para dormir.
Pero no se levantó inmediatamente, sino que se demoró un par de segundos. De pronto murmuró algo de un “hilo”, como una vaga excusa y se inclinó de nuevo sobre ella, curvando su larga espalda de forma que sus omoplatos se marcaron como si fueran los restos cicatrizados de viejas alas perdidas. Era mucho más flexible de lo que su altura parecía indicar. Pegó casi su rostro a la espalda de ella mientras le ponía la mano izquierda en el hombro como para sostenerla. Sus cabellos blancos le hicieron cosquillas en la espalda.
Su boca pareció dirigirse al sostén negro como si quisiera tomar algo de allí, pero sus labios eran demasiado torpes y se equivocó un par de veces. Hasta que sostuvo entre sus dientes un hilo sobrante y tiró de él hasta arrancarlo de la prenda.
-“Disto” –dijo con el hilillo entre los dientes. Se levantó al fin de ella, dándole un respiro.
Tomó todo lo que había llevado para curarla: vendas, medicamentos, pomadas y de más. Lo reunió rápidamente y se llevó todo junto con la chaqueta de ella y las armas.
-Si quieres tomar cualquier cosa, ya sabes donde está el refrigerador –Sabía bien que ella había registrado el lugar, y el refri estaba a plena vista.
Se retiró un momento y regresó al rato con un par de prendas: una camisa y una playera. Eran de él, de hecho eran un poco más largas de lo que él estaba acostumbrado. Sabía que ella traía equipaje, pero aun así las había traído. Quizás quería que usara algo cómodo de verdad. Dejó aquellas ropas sobre el sofá. No la obligaría a ponérselas, sino que se las daba como opción. Hasta ese momento no le había insistido, sino que daba por sentado que se quedaría. Él quería que se quedara y esperaba que ella quisiera quedarse, así que estaba haciendo todo más fácil parasu esa testaruda.
-Si quieres puedes asearte, pero no te duches del todo hasta mañana o no servirá de nada la curación. ¿Tienes hambre? Puedo darte todo lo que quieras…
Mientras ella hablaba, Gabriel subió su mano izquierda a la altura de la espalda agenta y sus dedos comenzaron a rosarla en silencio. Que blanca era y que suave era su piel, como si se pudiera abrir con solo tocarla. Su pulgar y su dedo anular recorrieron la superficie de su espalda apenas tocándola. Parecía trazar formas con sus dedos, como imágenes tribales dignas de un tatuaje, pero solamente estaba haciendo una ruta entre sus cicatrices y por el canalillo que formaba su columna vertebral en esa posición.
-Por nada –le susurró cuando, finalmente, apareció su gratitud. Alargó la mano derecha y sus garras tomaron la chaqueta de Leona antes de que ella pudiera agarrarla y se la apartó-. No, te prestare algo cómodo para dormir.
Pero no se levantó inmediatamente, sino que se demoró un par de segundos. De pronto murmuró algo de un “hilo”, como una vaga excusa y se inclinó de nuevo sobre ella, curvando su larga espalda de forma que sus omoplatos se marcaron como si fueran los restos cicatrizados de viejas alas perdidas. Era mucho más flexible de lo que su altura parecía indicar. Pegó casi su rostro a la espalda de ella mientras le ponía la mano izquierda en el hombro como para sostenerla. Sus cabellos blancos le hicieron cosquillas en la espalda.
Su boca pareció dirigirse al sostén negro como si quisiera tomar algo de allí, pero sus labios eran demasiado torpes y se equivocó un par de veces. Hasta que sostuvo entre sus dientes un hilo sobrante y tiró de él hasta arrancarlo de la prenda.
-“Disto” –dijo con el hilillo entre los dientes. Se levantó al fin de ella, dándole un respiro.
Tomó todo lo que había llevado para curarla: vendas, medicamentos, pomadas y de más. Lo reunió rápidamente y se llevó todo junto con la chaqueta de ella y las armas.
-Si quieres tomar cualquier cosa, ya sabes donde está el refrigerador –Sabía bien que ella había registrado el lugar, y el refri estaba a plena vista.
Se retiró un momento y regresó al rato con un par de prendas: una camisa y una playera. Eran de él, de hecho eran un poco más largas de lo que él estaba acostumbrado. Sabía que ella traía equipaje, pero aun así las había traído. Quizás quería que usara algo cómodo de verdad. Dejó aquellas ropas sobre el sofá. No la obligaría a ponérselas, sino que se las daba como opción. Hasta ese momento no le había insistido, sino que daba por sentado que se quedaría. Él quería que se quedara y esperaba que ella quisiera quedarse, así que estaba haciendo todo más fácil para
-Si quieres puedes asearte, pero no te duches del todo hasta mañana o no servirá de nada la curación. ¿Tienes hambre? Puedo darte todo lo que quieras…

Gabriel Mercer- STAFF

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Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Antes de que él se apartara parecía estar disfrutando de aquella posición... Pudo sentir sus dedos, dibujando la forma de sus cicatrices, de sus heridas de guerra. No eran bonitas, pero para ella representaban trofeos, marcas dignas de ser mostradas con orgullo. Y además, había algo nuevo, el tatuaje de una media luna en la espalda baja, no era de gran tamaño, pero la tinta negra resaltaba en su piel blanca. Lo miró de reojo mientras seguía haciendo aquello, sin repelar ni discutir nada.
"Por nada"... No debió agradecerle, ahora sentiría que tiene las de ganar en la situación. Bufó un poco cuando él aparto su chaqueta, diciéndole que le daría algo más cómodo. ¿Con qué objeto si ella tenía su propia ropa en la maleta? Era cierto que no traía miles de prendas, ya que si decidía quedarse compraría las cosas necesarias que no entraran en su maleta de viaje. Le miró de reojo, alzando una ceja... Ahí había alguna especie de truco.
Pero no pensó demasiado en ello, ya que comenzó a actuar de forma extraña, inclinándose para jalarle suavemente la parte de atrás del bra con la boca. ¿Qué quería? ¿Abrirlo? Estaba a punto de levantarse y mandarlo a volar cuando se retiro diciendo algo así como que estaba listo, con un hilo entre los dientes. Cuando él se retiró, la cazadora se incorporó lo más rápido que sus heridas se lo permitían, mirando a Gabriel como si estuviera loco o algo así.
Él comenzó a recoger las cosas mientras ella movía las extremidades. Se llevó las manos a la cadera y arqueó la espalda hacia atrás, algo entumida por la posición que la habían obligado a tomar. Sus vertebras comenzaron a tronar una a una, en un sonido bastante desagradable si nunca te ha gustado escuchar los huesos de otro.
- Ahh...
Suspiró de alivio al sentir todo volver a su sitio. Se llevó la mano derecha al hombro izquierdo y comenzó a mover en círculos el brazo, a la altura del codo, y así con el otro brazo. Sin embargo no trabajo las piernas, las que parecía evitar. Terminó de estirar los músculos cuando él regreso, colocándole dos prendas a un lado. ¿Ropa de él? ¿Y sólo la parte de arriba? Sonrió de lado mientras se levantaba y las tomaba.
- Eres un anciano pervertido...
Volteó a verlo cuando recomendó eso del aseo y después la más que sugerente propuesta de que le daría lo que quisiera. Dio un par de pasos hasta detenerse enfrente de él. La diferencia de estaturas era bastante obvia, ella apenas alcanzando los 1.70 y él pasando el metro ochenta. Aún así, no se intimidaba por éste hecho, sino que se paró de puntitas, estirándose para rosar apenas sus labios, regalandole el aire cálido de su respiración.
- Entonces... Tráeme una pizza y una coca.
Se retiró antes de que él pudiera hacer algo y le guiñó el ojo, caminando al baño, tomando de paso su maleta. Apenas entró y cerró la puerta sin seguro, al menos sabía que de alguna manera podía confiar en él y que no entraría a matarla. Se retiró el resto de la ropa mientras abría la llave del agua caliente de la regadera. Se miró la pierna vendada y las demás señas del tratamiento auxiliar. La verdad es que la pierna dolía como los mil demonios, a pesar de que ella misma se la hubiera acomodado después de la pelea con el lycan, y aún después de los cuidados del Illuminati.
Lo primero que hizo fue lavarse el cabello, metiendo solamente la cabeza al agua. Del mismo modo el rostro, el cuello y los hombros. Después lavo el resto de su cuerpo con mucho cuidado, procurando no mojar las vendas y gasas. No introdujo todo el cuerpo a la caída del agua y se ayudó con las manos y mucha espuma de jabón. Realmente tardó allí dentro, procurando quedar bien limpia de todas partes. Al final suspiró, algo agotada de todo eso.
Se secó con una toalla que traía y se coloco una pantie nueva. Luego tomó las prendas que le prestara Gabriel... Lanzó la camisa por ahí y se colocó solamente la playera, alisándola con los dedos sobre su piel para verla mejor. Apenas si llegaba a sus muslos, como si fuera un vestido extremadamente corto. ¿Era venganza que anduviera así por ahí o era un fetiche del cazador? Quizás ambas... Pero en algo tenia razón, de menos era mucho más cómodo. No sentía la presión de su ropa y las heridas podían respirar bien.
Dejó todo hecho un tiradero, con ropa sucia regada, el piso mojado, una toalla por ahí botada y su maleta abierta y desparramada. Salió del baño descalza, peinándose el cabello húmedo con uno de sus peines, tratando de desenredarlo y darle forma. Caminó de vuelta a la cocina, esperando que la pizza y su coca estuvieran ahí.
"Por nada"... No debió agradecerle, ahora sentiría que tiene las de ganar en la situación. Bufó un poco cuando él aparto su chaqueta, diciéndole que le daría algo más cómodo. ¿Con qué objeto si ella tenía su propia ropa en la maleta? Era cierto que no traía miles de prendas, ya que si decidía quedarse compraría las cosas necesarias que no entraran en su maleta de viaje. Le miró de reojo, alzando una ceja... Ahí había alguna especie de truco.
Pero no pensó demasiado en ello, ya que comenzó a actuar de forma extraña, inclinándose para jalarle suavemente la parte de atrás del bra con la boca. ¿Qué quería? ¿Abrirlo? Estaba a punto de levantarse y mandarlo a volar cuando se retiro diciendo algo así como que estaba listo, con un hilo entre los dientes. Cuando él se retiró, la cazadora se incorporó lo más rápido que sus heridas se lo permitían, mirando a Gabriel como si estuviera loco o algo así.
Él comenzó a recoger las cosas mientras ella movía las extremidades. Se llevó las manos a la cadera y arqueó la espalda hacia atrás, algo entumida por la posición que la habían obligado a tomar. Sus vertebras comenzaron a tronar una a una, en un sonido bastante desagradable si nunca te ha gustado escuchar los huesos de otro.
- Ahh...
Suspiró de alivio al sentir todo volver a su sitio. Se llevó la mano derecha al hombro izquierdo y comenzó a mover en círculos el brazo, a la altura del codo, y así con el otro brazo. Sin embargo no trabajo las piernas, las que parecía evitar. Terminó de estirar los músculos cuando él regreso, colocándole dos prendas a un lado. ¿Ropa de él? ¿Y sólo la parte de arriba? Sonrió de lado mientras se levantaba y las tomaba.
- Eres un anciano pervertido...
Volteó a verlo cuando recomendó eso del aseo y después la más que sugerente propuesta de que le daría lo que quisiera. Dio un par de pasos hasta detenerse enfrente de él. La diferencia de estaturas era bastante obvia, ella apenas alcanzando los 1.70 y él pasando el metro ochenta. Aún así, no se intimidaba por éste hecho, sino que se paró de puntitas, estirándose para rosar apenas sus labios, regalandole el aire cálido de su respiración.
- Entonces... Tráeme una pizza y una coca.
Se retiró antes de que él pudiera hacer algo y le guiñó el ojo, caminando al baño, tomando de paso su maleta. Apenas entró y cerró la puerta sin seguro, al menos sabía que de alguna manera podía confiar en él y que no entraría a matarla. Se retiró el resto de la ropa mientras abría la llave del agua caliente de la regadera. Se miró la pierna vendada y las demás señas del tratamiento auxiliar. La verdad es que la pierna dolía como los mil demonios, a pesar de que ella misma se la hubiera acomodado después de la pelea con el lycan, y aún después de los cuidados del Illuminati.
Lo primero que hizo fue lavarse el cabello, metiendo solamente la cabeza al agua. Del mismo modo el rostro, el cuello y los hombros. Después lavo el resto de su cuerpo con mucho cuidado, procurando no mojar las vendas y gasas. No introdujo todo el cuerpo a la caída del agua y se ayudó con las manos y mucha espuma de jabón. Realmente tardó allí dentro, procurando quedar bien limpia de todas partes. Al final suspiró, algo agotada de todo eso.
Se secó con una toalla que traía y se coloco una pantie nueva. Luego tomó las prendas que le prestara Gabriel... Lanzó la camisa por ahí y se colocó solamente la playera, alisándola con los dedos sobre su piel para verla mejor. Apenas si llegaba a sus muslos, como si fuera un vestido extremadamente corto. ¿Era venganza que anduviera así por ahí o era un fetiche del cazador? Quizás ambas... Pero en algo tenia razón, de menos era mucho más cómodo. No sentía la presión de su ropa y las heridas podían respirar bien.
Dejó todo hecho un tiradero, con ropa sucia regada, el piso mojado, una toalla por ahí botada y su maleta abierta y desparramada. Salió del baño descalza, peinándose el cabello húmedo con uno de sus peines, tratando de desenredarlo y darle forma. Caminó de vuelta a la cocina, esperando que la pizza y su coca estuvieran ahí.

Leona- Mensajes: 126
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Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Su aroma era idéntico. La sensación de tenerla cerca igualmente aturdidor. ¿Sería de verdad un efecto de ella o solo algo que le ocurría a él? Sentirla cerca como estaba hizo que su corazón diera un vuelco. Entrecerró sus ojos cuando ella se acercó, jugando. Gabriel sabía que había sido tremendamente obvio y sugerente y ella respondía con una ligera tentación. Sin embargo, en lo que se habían conocido, Leona debía saber que Gabriel Mercer no se conformaba con miraditas o roses de labios. Su mayor muestra de sutileza fue el acercar un poco más su boca y tocar los labios ajenos con los propios y después relamerse. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro y se preguntó si sería demasiado rápido llevársela ahí mismo a su habitación. Probablemente las heridas se le abrirían.
-Largo –le dijo en voz baja señalando con la cabeza la puerta del baño, como ultima advertencia.
Mientras ella se metía a asearse, Gabriel pensó un momento, con la cabeza lo bastante clara gracias a que ella no estaba cerca, en lo que sentía. Suspiró con el aliento casi hirviéndole. La deseaba, de eso no había ninguna duda, pero le daba igual poder tenerla que solo abrazarla. Avanzó hacia la cocina pero se detuvo junto a un espejo a mirarse. ¿Cuándo había comenzado a sonreír? Su rostro se veía muy iluminado tomando en cuenta que hacía un par de horas estaba viendo la reconstrucción de su querida academia Cross. Estaba feliz, y eso era tan raro en él que a penas si se había percatado. Negó un momento y dejó de preocuparse.
Abrió el refrigerador y contempló las cajas y cajas de pizza congelada. No era un problema, para un hombre soltero y joven era imperativo tener en la nevera algunas. La favorita de Gabriel era Billy Pan Pizza aunque solo tenía en paquetes individuales. Cogió un par y los calentó en el microondas. Busco en la nevera y sacó una botella grande de soda, aunque no era la coca-cola que Leona había pedido. No, no le gustaba nada ese producto. En cambio tenía un par de botellas de Kofola, su bebida favorita. ¿Notaría Leona Blomkvist la diferencia? Sirvió un par de vasos con hielo y soda y comenzó a dar sorbos a su bebida mientras esperaba.
Cuando la escuchó salir del baño volteó a verla. Se quedó en silencio contemplándola. No se dio cuenta pero su rostro, blanquísimo por su natural color de piel, se sonrojó. Dios… como le gustaba. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo despacio, de una manera bastante sugerente. Sus ojos brillaron y de pronto parecía nervioso. Intentó disimularlo, no quería darle ningún poder. Ella sin duda sabía que la deseaba y la quería, pero Gabriel no quería que tuviera ninguna idea de lo verdaderamente vulnerable que era ante ella.
Tomó un sorbo de soda como excusa para cuando tragó saliva pesadamente.
-Eres una tramposa –dijo de pronto. Por dentro se rogó contenerse, pero era imposible- no puede ser justo que una mocosa se vea así de sexy… no es justo.
Cerró los ojos cruzándose de brazos. Su apariencia era indiferente, pero sentía que el alma se le caía a los pies. Pero estaba hecho. Sonrió un poco y señaló con la cabeza hacia el sofá. Quería sentarse con ella y quizás recordar viejos tiempos…
-Largo –le dijo en voz baja señalando con la cabeza la puerta del baño, como ultima advertencia.
Mientras ella se metía a asearse, Gabriel pensó un momento, con la cabeza lo bastante clara gracias a que ella no estaba cerca, en lo que sentía. Suspiró con el aliento casi hirviéndole. La deseaba, de eso no había ninguna duda, pero le daba igual poder tenerla que solo abrazarla. Avanzó hacia la cocina pero se detuvo junto a un espejo a mirarse. ¿Cuándo había comenzado a sonreír? Su rostro se veía muy iluminado tomando en cuenta que hacía un par de horas estaba viendo la reconstrucción de su querida academia Cross. Estaba feliz, y eso era tan raro en él que a penas si se había percatado. Negó un momento y dejó de preocuparse.
Abrió el refrigerador y contempló las cajas y cajas de pizza congelada. No era un problema, para un hombre soltero y joven era imperativo tener en la nevera algunas. La favorita de Gabriel era Billy Pan Pizza aunque solo tenía en paquetes individuales. Cogió un par y los calentó en el microondas. Busco en la nevera y sacó una botella grande de soda, aunque no era la coca-cola que Leona había pedido. No, no le gustaba nada ese producto. En cambio tenía un par de botellas de Kofola, su bebida favorita. ¿Notaría Leona Blomkvist la diferencia? Sirvió un par de vasos con hielo y soda y comenzó a dar sorbos a su bebida mientras esperaba.
Cuando la escuchó salir del baño volteó a verla. Se quedó en silencio contemplándola. No se dio cuenta pero su rostro, blanquísimo por su natural color de piel, se sonrojó. Dios… como le gustaba. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo despacio, de una manera bastante sugerente. Sus ojos brillaron y de pronto parecía nervioso. Intentó disimularlo, no quería darle ningún poder. Ella sin duda sabía que la deseaba y la quería, pero Gabriel no quería que tuviera ninguna idea de lo verdaderamente vulnerable que era ante ella.
Tomó un sorbo de soda como excusa para cuando tragó saliva pesadamente.
-Eres una tramposa –dijo de pronto. Por dentro se rogó contenerse, pero era imposible- no puede ser justo que una mocosa se vea así de sexy… no es justo.
Cerró los ojos cruzándose de brazos. Su apariencia era indiferente, pero sentía que el alma se le caía a los pies. Pero estaba hecho. Sonrió un poco y señaló con la cabeza hacia el sofá. Quería sentarse con ella y quizás recordar viejos tiempos…

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Después de todo lo que había hecho en el baño, Leona salió para encontrarse con su anfitrión. El dolor aún seguía, pero era mucho menos gracias a los cuidados de él, además de estar mucho más cómoda después de la limpieza que se había dado. Aún llevaba su peine, desenredándose los nudos del cabello cuando fue a la cocina y lo encontró ahí, esperándola. Lo primero que noto, muy a pesar de él, fue que se sonrojo. ¿Causaba esa clase de sentimientos en él? Cualquier otro pensaría que la duda de la cazadora al respecto era absurda, pero la relación de ambos no era muy... común. Y saber que tenia esa clase de "poder" sobre él le provocó un montón de mariposas en el estomago, que reprimió con un gruñido.
"-Eres una tramposa –dijo de pronto.- no puede ser justo que una mocosa se vea así de sexy… no es justo."
La sonrisa que ella expreso fue inevitable, y después se arrepintió de ello, así como del sonrojo que le acometió... No, sonrojo era decir poco, sino que más bien se puso roja, ese sentimiento horrendo de calor en el rostro. Se sintió incomoda por ese hecho poco disimulable y agradeció que él cerrara los ojos haciéndose el muy digno. Caminó hasta el sillón, no sin antes tomar las cosas que había puesto para comer, y se dejó caer a su lado, dejando un denotable rastro de aroma a shampoo y otros productos de buen olor.
- Am...
Definitivamente la había dejado sin palabras. No sabía que responder a eso... Sus habilidades sociales eran un asco, y no se digan las seductivas. Nunca había usado la seducción o el carisma en una cacería... Ni siquiera en la vida común. Y lo que había pasado con Gabriel en Suecia y en Irán habían sido producto del extraño gusto del cazador por chicas como ella. Así que se decidió de cambiar de tema, a algo que sí sabia hacer bien... Quejarse.
- ¡¿Qué clase de pizza es esta?! ¿No pudiste pedir una dominos o una pizza hut? ¿Y esto...? ¡Venden cocas en todos lados! ¡Incluso en zonas de guerra como ésta!
Sí, daba gracias a la globalización por el hecho de que podía encontrar un restaurante de comida rapida en cualquier país, y una coca, casi en cada esquina. Pero él tenia que ser raro... ¡Y eso la desesperaba! Miró la pizza con desdén y la olió como su pudiera ser veneno o algo así. Se paró de pronto y fue hasta el refrigerador, abriéndolo en busca de algún aderezo o salsa que acompañara la comida. No se había dado cuenta que se estaba muriendo de hambre...
Se inclinó apartando cajas de comida congelada, esperando encontrar algo, mientras le daba una buena visión a Mercer. Aunque la playera le quedaba grande, aún así, la posición y la inclinación dejaba entre ver un poco de su ropa interior, y de su bien trabajado cuerpo, aún vendado. Se enderezó y sacó una salsa de quien sabe cuanto tiempo... Daba igual, había comido cosas peores. Regresó al sillón y comenzó a comer.
- Mmm... de menos sabe bien... ¿Qué clase das?
Fue una pregunta salida de la nada, para hacer platica. Realmente le encantaba estar ahí, pero quería crear una atmósfera incomoda, para no darle el placer de saber que estaba en las nubes...
"-Eres una tramposa –dijo de pronto.- no puede ser justo que una mocosa se vea así de sexy… no es justo."
La sonrisa que ella expreso fue inevitable, y después se arrepintió de ello, así como del sonrojo que le acometió... No, sonrojo era decir poco, sino que más bien se puso roja, ese sentimiento horrendo de calor en el rostro. Se sintió incomoda por ese hecho poco disimulable y agradeció que él cerrara los ojos haciéndose el muy digno. Caminó hasta el sillón, no sin antes tomar las cosas que había puesto para comer, y se dejó caer a su lado, dejando un denotable rastro de aroma a shampoo y otros productos de buen olor.
- Am...
Definitivamente la había dejado sin palabras. No sabía que responder a eso... Sus habilidades sociales eran un asco, y no se digan las seductivas. Nunca había usado la seducción o el carisma en una cacería... Ni siquiera en la vida común. Y lo que había pasado con Gabriel en Suecia y en Irán habían sido producto del extraño gusto del cazador por chicas como ella. Así que se decidió de cambiar de tema, a algo que sí sabia hacer bien... Quejarse.
- ¡¿Qué clase de pizza es esta?! ¿No pudiste pedir una dominos o una pizza hut? ¿Y esto...? ¡Venden cocas en todos lados! ¡Incluso en zonas de guerra como ésta!
Sí, daba gracias a la globalización por el hecho de que podía encontrar un restaurante de comida rapida en cualquier país, y una coca, casi en cada esquina. Pero él tenia que ser raro... ¡Y eso la desesperaba! Miró la pizza con desdén y la olió como su pudiera ser veneno o algo así. Se paró de pronto y fue hasta el refrigerador, abriéndolo en busca de algún aderezo o salsa que acompañara la comida. No se había dado cuenta que se estaba muriendo de hambre...
Se inclinó apartando cajas de comida congelada, esperando encontrar algo, mientras le daba una buena visión a Mercer. Aunque la playera le quedaba grande, aún así, la posición y la inclinación dejaba entre ver un poco de su ropa interior, y de su bien trabajado cuerpo, aún vendado. Se enderezó y sacó una salsa de quien sabe cuanto tiempo... Daba igual, había comido cosas peores. Regresó al sillón y comenzó a comer.
- Mmm... de menos sabe bien... ¿Qué clase das?
Fue una pregunta salida de la nada, para hacer platica. Realmente le encantaba estar ahí, pero quería crear una atmósfera incomoda, para no darle el placer de saber que estaba en las nubes...

Leona- Mensajes: 126
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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Gabriel se había dejado caer en el sofá, que antes habían usado de “camilla” para curarla. Se cruzó de brazos y se dedicó a escuchar como a su invitada no le paraba el pico. ¿Estaba nerviosa? No podía asegurarlo ya que siempre había sido buena hablando sin parar. Él no decía nada, solamente se dedicó a observarla y escuchar. Parecía molesto un poco con sus continuas quejas, y la miraba algo ceñudo mientras se quejaba y se quejaba dando vueltas.
Lo cierto es que, desde la más que sugerente curación que le había hecho y el comentario sobre que le parecía sexi no se había mostrado más interesado. ¿Quizás era él quien estaba nervioso? Se acomodó desparramándose un poco en el sofá, cruzando una pierna de manera despreocupada mientras ella olfateaba la pizza. Aunque había crecido seguía siendo un poco pequeña y algo flacucha cuando la comparaban con él. Claro que era atlética, pero, como era natural, no se había convertido en una masa de músculos. ¿Quizás había caído en cuenta que era demasiado chica para él? Esa duda quedó disipada en el momento en que Leona se paró a por algún aderezo que ponerle a su pizza.
Los ojos del cazador la siguieron cuidadosamente. Quizás si hubiera volteado sabría que lo que estaba haciendo era algo muy propio de él: observar a su presa. Cada movimiento de su cuerpo, cada cabello en su lugar. No era un animal para usar el olfato o algún otro sentido, era un ser humano y dejaba que su vista lo guiara para reconocer… y lo recompensara. Ella se inclinó enseñando algo la ropa interior. Significaba que, o era muy tonta, o tenía mucha confianza con él, o intentaba seducirlo. Gabriel optó por la segunda opción ya que la última era inútil a esas alturas. El silencio del peliblanco no significaba que no se la comiera con los ojos cuando buscaba en su refrigerador por una salsa que ni siquiera recordaba que estuviera ahí.
Ella volvió a sentarse al fin, cambiando de tema radicalmente, pero en ese momento no le contestó. Cuando se llevó un trozo de pizza a la boca, Gabriel pasó el brazo derecho por los hombros de Leona como si quisiera acurrucarla contra el, pero no detuvo su mano en su otro hombro, sino que lo dirigió a la boca agenta. ¿Reconocería bien su brazo? Era bastante pesado y tenía ese tacto escamoso y casi artificial, como un montón de plástico duro. Alargó su dedo índice hacia la boca de la chica y con la punta de su garra arrancó un trocito de queso que a penas le colgaba… y “por error” introdujo a penas la punta de la garra entre los labios de ella, como si no supiera bien donde cortar el hilillo de queso. En realidad solo remojó su garra entre los labios de Leona, empapándola de saliva. Su dedo era tan afilado como una navaja de afeitar y dejó una pequeña cortada en la parte interior de su boca.
Retiró su brazo y se acercó la garra con el hilillo de queso –y saliva- a la boca. Abrió la propia y se comió ese trocito de queso tomándolo con los dientes únicamente. Antes de retirar su mano saboreó un poco lo que de verdad quería probar. Todo esto sin cambiar en lo más mínimo su actitud de fingida indiferencia.
-Claro que sabe bien, es mi sabor preferido, desde que lo probé hace un par de años –comentó, lentamente volteando a verla. ¿Se refería a la pizza?
Se relamió despacio mientras, por un instante, los ojos le brillaron cuan azules eran. Pareció inclinarse hacia ella y apretar el mueble con la mano. Quizás solo pasó en su mente pues de pronto tuvo el terrible impulso de arrojársele encima y olvidarse de la absurda idea de la superioridad humana y dejar que sus otros sentidos la reconocieran como suya ahí mismo. Pero un ápice de razón en su cabeza se lo impidió. No era por sus heridas, sabía que se curaría de ellas en un par de horas –pese a que pensaba volver a abrírselas y hacer que le dolieran…- pero realmente no sabía nada de ella, nunca lo había sabido completamente. ¿Tenía novio, solo jugaba con el? Podría aceptarlo si ella solo quería jugar, pero ahora no era como antes, ahora tendrían que verse diario, y ahora estaba enamorado de ella. Así que se controló por un instante. Fuerza de voluntad…
-Kendo –respondió como si nada, pero se aclaró la garganta. Se inclinó a tomar un poco de pizza con la garra- ni se te ocurra acercarte, si te inscribes te expulsare –anunció con toda sinceridad y calma.
Quiso preguntarle si tenía novio. Pero de pronto se dio cuenta de que no le importaba en lo más mínimo…
-Come bien, ya casi es hora de dormir…
Lo cierto es que, desde la más que sugerente curación que le había hecho y el comentario sobre que le parecía sexi no se había mostrado más interesado. ¿Quizás era él quien estaba nervioso? Se acomodó desparramándose un poco en el sofá, cruzando una pierna de manera despreocupada mientras ella olfateaba la pizza. Aunque había crecido seguía siendo un poco pequeña y algo flacucha cuando la comparaban con él. Claro que era atlética, pero, como era natural, no se había convertido en una masa de músculos. ¿Quizás había caído en cuenta que era demasiado chica para él? Esa duda quedó disipada en el momento en que Leona se paró a por algún aderezo que ponerle a su pizza.
Los ojos del cazador la siguieron cuidadosamente. Quizás si hubiera volteado sabría que lo que estaba haciendo era algo muy propio de él: observar a su presa. Cada movimiento de su cuerpo, cada cabello en su lugar. No era un animal para usar el olfato o algún otro sentido, era un ser humano y dejaba que su vista lo guiara para reconocer… y lo recompensara. Ella se inclinó enseñando algo la ropa interior. Significaba que, o era muy tonta, o tenía mucha confianza con él, o intentaba seducirlo. Gabriel optó por la segunda opción ya que la última era inútil a esas alturas. El silencio del peliblanco no significaba que no se la comiera con los ojos cuando buscaba en su refrigerador por una salsa que ni siquiera recordaba que estuviera ahí.
Ella volvió a sentarse al fin, cambiando de tema radicalmente, pero en ese momento no le contestó. Cuando se llevó un trozo de pizza a la boca, Gabriel pasó el brazo derecho por los hombros de Leona como si quisiera acurrucarla contra el, pero no detuvo su mano en su otro hombro, sino que lo dirigió a la boca agenta. ¿Reconocería bien su brazo? Era bastante pesado y tenía ese tacto escamoso y casi artificial, como un montón de plástico duro. Alargó su dedo índice hacia la boca de la chica y con la punta de su garra arrancó un trocito de queso que a penas le colgaba… y “por error” introdujo a penas la punta de la garra entre los labios de ella, como si no supiera bien donde cortar el hilillo de queso. En realidad solo remojó su garra entre los labios de Leona, empapándola de saliva. Su dedo era tan afilado como una navaja de afeitar y dejó una pequeña cortada en la parte interior de su boca.
Retiró su brazo y se acercó la garra con el hilillo de queso –y saliva- a la boca. Abrió la propia y se comió ese trocito de queso tomándolo con los dientes únicamente. Antes de retirar su mano saboreó un poco lo que de verdad quería probar. Todo esto sin cambiar en lo más mínimo su actitud de fingida indiferencia.
-Claro que sabe bien, es mi sabor preferido, desde que lo probé hace un par de años –comentó, lentamente volteando a verla. ¿Se refería a la pizza?
Se relamió despacio mientras, por un instante, los ojos le brillaron cuan azules eran. Pareció inclinarse hacia ella y apretar el mueble con la mano. Quizás solo pasó en su mente pues de pronto tuvo el terrible impulso de arrojársele encima y olvidarse de la absurda idea de la superioridad humana y dejar que sus otros sentidos la reconocieran como suya ahí mismo. Pero un ápice de razón en su cabeza se lo impidió. No era por sus heridas, sabía que se curaría de ellas en un par de horas –pese a que pensaba volver a abrírselas y hacer que le dolieran…- pero realmente no sabía nada de ella, nunca lo había sabido completamente. ¿Tenía novio, solo jugaba con el? Podría aceptarlo si ella solo quería jugar, pero ahora no era como antes, ahora tendrían que verse diario, y ahora estaba enamorado de ella. Así que se controló por un instante. Fuerza de voluntad…
-Kendo –respondió como si nada, pero se aclaró la garganta. Se inclinó a tomar un poco de pizza con la garra- ni se te ocurra acercarte, si te inscribes te expulsare –anunció con toda sinceridad y calma.
Quiso preguntarle si tenía novio. Pero de pronto se dio cuenta de que no le importaba en lo más mínimo…
-Come bien, ya casi es hora de dormir…

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Esa cara ceñuda... Era tan tierna. En vez de inspirarle incomodidad o preocupación, simplemente le hacía querer abrazarlo fuerte.... Tan fuerte que le sacara las tripas por la boca. Mejor no hacerlo, de momento. Acababa de llegar y un asesinato no sería bien visto, y menos de un profesor. Así que se concentró en comer su pizza, hasta que sintió esa mano tan diferente, tan escamosa, pasar por sus hombros y luego por su rostro, para quitar un poco de comida de sus labios... No sin antes raspar un poco de sus labios.
Se sonrojó enormemente al sentir el corte en el labio inferior, como una diminuta y única gotita de sangre escurría y se perdía en su mentón. No dolió más que un corte con una hoja de papel, sin embargo fue como si una ola de recuerdos la inundara. Como si hubiera revivido aquella noche en Suecia. Lo miró de reojo, como si temiera encontrarse con Gabriel. Como si por primera vez entendiera que estaba frente a aquél que la sometiera como una maldita presa hace dos años.
Y lo que encontró le provoco un retortijón en el estomago, lamiendo como todo un pervertido esa garra. Al mismo tiempo pudo sentir como si él quisiera lanzarse o algo parecido, aunque al final quizás solo fue producto de su imaginación... No... Realmente ella tenia instinto, había visto los músculos del cazador tensarse como si fuera a moverse en su dirección, pero al final se había arrepentido. No se preguntó el por qué ni mucho menos, sino que simplemente ella siguió el hilo de pensamiento ajeno y se abalanzó como una gata hacía el ratón.
Se giró y paso una de sus piernas sobre Gabriel, para quedar sentada sobre él, viéndolo de frente. La soda que mantenía con ella cayó al suelo y regó el contenido por todo el piso. Pero a ella pudo importarle menos, mientras tomaba la mano demoníaca del albino por la muñeca y la llevaba hasta su rostro, acariciando su mejilla en ella como si fuera algo valioso o muy preciado. Besó con suavidad las garras afiladas y después dirigió su mirada cobre a los zafiros del chico... Se inclinó sin poca gracia o calma y comenzó a comer sus labios, mordiéndolos con desesperación, besándolos con pasión, lamiéndolos como si ardieran. Una de sus manos subió hasta su nuca, como si quisiera que nunca se separara de ella.
No alcanzó a escuchar aquello de kendo, o si lo hizo, no puso atención. La mano libre se entretuvo acariciando el pecho trabajado de Gabriel, como si buscara, sobre la ropa, reconocer las líneas de su existencia, reconocer eso con lo que había soñado muchas noches después de conocerlo. Aquello que se había re-encendido en Irán pero que sin duda solo había dejado una marca más profunda.
Se sonrojó enormemente al sentir el corte en el labio inferior, como una diminuta y única gotita de sangre escurría y se perdía en su mentón. No dolió más que un corte con una hoja de papel, sin embargo fue como si una ola de recuerdos la inundara. Como si hubiera revivido aquella noche en Suecia. Lo miró de reojo, como si temiera encontrarse con Gabriel. Como si por primera vez entendiera que estaba frente a aquél que la sometiera como una maldita presa hace dos años.
Y lo que encontró le provoco un retortijón en el estomago, lamiendo como todo un pervertido esa garra. Al mismo tiempo pudo sentir como si él quisiera lanzarse o algo parecido, aunque al final quizás solo fue producto de su imaginación... No... Realmente ella tenia instinto, había visto los músculos del cazador tensarse como si fuera a moverse en su dirección, pero al final se había arrepentido. No se preguntó el por qué ni mucho menos, sino que simplemente ella siguió el hilo de pensamiento ajeno y se abalanzó como una gata hacía el ratón.
Se giró y paso una de sus piernas sobre Gabriel, para quedar sentada sobre él, viéndolo de frente. La soda que mantenía con ella cayó al suelo y regó el contenido por todo el piso. Pero a ella pudo importarle menos, mientras tomaba la mano demoníaca del albino por la muñeca y la llevaba hasta su rostro, acariciando su mejilla en ella como si fuera algo valioso o muy preciado. Besó con suavidad las garras afiladas y después dirigió su mirada cobre a los zafiros del chico... Se inclinó sin poca gracia o calma y comenzó a comer sus labios, mordiéndolos con desesperación, besándolos con pasión, lamiéndolos como si ardieran. Una de sus manos subió hasta su nuca, como si quisiera que nunca se separara de ella.
No alcanzó a escuchar aquello de kendo, o si lo hizo, no puso atención. La mano libre se entretuvo acariciando el pecho trabajado de Gabriel, como si buscara, sobre la ropa, reconocer las líneas de su existencia, reconocer eso con lo que había soñado muchas noches después de conocerlo. Aquello que se había re-encendido en Irán pero que sin duda solo había dejado una marca más profunda.

Leona- Mensajes: 126
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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
No consiguió ninguna respuesta de parte de ella, se había quedado muda… o eso creyó.
En algún momento su ingenua mente le hizo pensar que quizás estaba intimidada, como aquella primera vez. Una presa, un pequeño siervo frente al tigre. Sonrió un momento pensando que estaría temerosa y nerviosa y eso le gustaba. Pero, mientras comía inocentemente su pizza, fue atacado con brutalidad. No se esperaba de verdad su agresión, estaba demasiado confiado en su superioridad para darse cuenta de que ella era mucho más de la chica intimidada a la que le había quitado la virginidad hacía ya un par de años.
Saltó sobre él sin que pudiera hacer más que interponer el brazo derecho a modo de defensa, meramente por instinto. Cayó boca arriba en el sofá mientras ella lo montaba como una amazona sobre su potro de guerra de crines blancas. El la miró mientras se acomodaba sin resistirse. Había quedado con su pierna bajo su propio peso. Ella casi no pesaba nada para su musculatura, pero la sentía claramente… el miró sus ojos mientras sentía que la sangre le hervía y se daba cuenta de que ahora ella podía robarle todo control en un momento. Quizás se vengaba de cómo la había sometido cuando la curaba.
Leona tomó su mano y comenzó a besarla y restregársela. Gabriel abrió los ojos como platos. ¡¿Le gustaba?! Era lo primero que alejaba a cualquiera, saber que tenía prácticamente la mano de un lagarto o algo peor, pero ella la besaba como si le gustara. Sus mejillas quedaron rasguñadas por más que intentaba él apartar las garras, como si un gato la hubiera atacado.
-Eres una pervertida –le dijo en voz baja mientras jugueteaba ella con su mano.
Ella se inclinó a besarlo y el la recibió de inmediato. Cerró los ojos mientras la abrazaba contra él, sintiendo su delicada figura. La sangre se le agolpó en la cabeza mientras la apretaba… sabía igual que hace dos años, igual que en sus sueños y recuerdos. Su lengua jugueteó con la de ella y cuando se levantaba ligeramente para lamerlo volvía a atraerla.
Movía su cuerpo y para frotársela y la recorría con la zurda.
-¿Qué crees… que… -dijo con dificultad, deteniéndose para un delicioso beso largo- haces… mmm… besando a un profesor…?
Sus protestar absurdas solo eran un intento para que ella no escuchara su corazón latiendo como loco. Él podía oírlo y el ruido era ensordecedor. Sabía que estaba enamorado de ella, desde Iran lo supo, pero no tenía idea de cuanto había deseado poder tenerla en sus brazos y besarla hasta que al fin la tuvo. Lo había deseado demasiado.
Detuvo sus besos un instante y comenzó a devorar su rostro con los labios, en sus mejillas y parpados, besos sonoros e intensos pero cortos. Casi al instante volvió a buscar sus labios, quizás temeroso de que ella adivinara cuanto la quería.
En algún momento su ingenua mente le hizo pensar que quizás estaba intimidada, como aquella primera vez. Una presa, un pequeño siervo frente al tigre. Sonrió un momento pensando que estaría temerosa y nerviosa y eso le gustaba. Pero, mientras comía inocentemente su pizza, fue atacado con brutalidad. No se esperaba de verdad su agresión, estaba demasiado confiado en su superioridad para darse cuenta de que ella era mucho más de la chica intimidada a la que le había quitado la virginidad hacía ya un par de años.
Saltó sobre él sin que pudiera hacer más que interponer el brazo derecho a modo de defensa, meramente por instinto. Cayó boca arriba en el sofá mientras ella lo montaba como una amazona sobre su potro de guerra de crines blancas. El la miró mientras se acomodaba sin resistirse. Había quedado con su pierna bajo su propio peso. Ella casi no pesaba nada para su musculatura, pero la sentía claramente… el miró sus ojos mientras sentía que la sangre le hervía y se daba cuenta de que ahora ella podía robarle todo control en un momento. Quizás se vengaba de cómo la había sometido cuando la curaba.
Leona tomó su mano y comenzó a besarla y restregársela. Gabriel abrió los ojos como platos. ¡¿Le gustaba?! Era lo primero que alejaba a cualquiera, saber que tenía prácticamente la mano de un lagarto o algo peor, pero ella la besaba como si le gustara. Sus mejillas quedaron rasguñadas por más que intentaba él apartar las garras, como si un gato la hubiera atacado.
- 18:
- Entre tanto, aquella escena de verla a ella de esa forma y sentirá lo hacía excitarse. Quizás podía sentir cuan duro estaba justo debajo de donde ella se montara. No fue algo nuevo, llevaba así un buen rato desde que la comenzara a curar. Ahora sabía que lo tenía completamente excitado.
-Eres una pervertida –le dijo en voz baja mientras jugueteaba ella con su mano.
Ella se inclinó a besarlo y el la recibió de inmediato. Cerró los ojos mientras la abrazaba contra él, sintiendo su delicada figura. La sangre se le agolpó en la cabeza mientras la apretaba… sabía igual que hace dos años, igual que en sus sueños y recuerdos. Su lengua jugueteó con la de ella y cuando se levantaba ligeramente para lamerlo volvía a atraerla.
Movía su cuerpo y para frotársela y la recorría con la zurda.
-¿Qué crees… que… -dijo con dificultad, deteniéndose para un delicioso beso largo- haces… mmm… besando a un profesor…?
Sus protestar absurdas solo eran un intento para que ella no escuchara su corazón latiendo como loco. Él podía oírlo y el ruido era ensordecedor. Sabía que estaba enamorado de ella, desde Iran lo supo, pero no tenía idea de cuanto había deseado poder tenerla en sus brazos y besarla hasta que al fin la tuvo. Lo había deseado demasiado.
Detuvo sus besos un instante y comenzó a devorar su rostro con los labios, en sus mejillas y parpados, besos sonoros e intensos pero cortos. Casi al instante volvió a buscar sus labios, quizás temeroso de que ella adivinara cuanto la quería.

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Prácticamente él se había dejado manipular, o quizás de verdad lo había tomado con demasiada sorpresa... Pero su respuesta fue nula. Dejó que lo montara, que tomara su brazo endurecido y comenzara a besarlo, a sentirlo como si lo hubiera extrañado más que a nada. Y lo peor es que así había sido. Ya no sabía si era una conexión entre Forneus y el demonio de Gabriel o simplemente ella había enloquecido de gusto por esas afiladas garras que le causaban ese sutil y placentero dolor.
Y aún así, a pesar de que su cuerpo estaba a punto de adelantarse a su mente, y de que su corazón explotara en pasión y amor... Aún así su cerebro se interpuso, sobresalió a todo pensamiento lujurioso que le invadiera. Recordaba como la había domado hace dos años, como la había manipulado hace unos minutos cuando la curaba y la trataba como a su juguete, demostrándole que el que mandaba allí era Mercer y no ella.
Era hora de la venganza...
Lo besó un poco más, incrementando la pasión en sus besos para darle a entender que ella también quería de él, para excitarlo hasta un punto sin regreso, al limite del desesperado libido... Y entonces... Se inclinó suavemente a su oído para morderlo y lamerlo, abriendo los labios con calma le susurró, pasionalmente:
- Tenemos un hijo de un poco más de un año... Se llama Magnus.
Sonrió y le dio un beso en la oreja, esperando la reacción, aún montada en él. Queria disfrutarlo al máximo, quería su venganza servida y aunque durara poco, jamás olvidaría ese momento, mientras una sonrisa oculta inundaba su boca.
- 18+:
- Y a pesar de todo, simplemente hacer aquello despertaba los más básicos instintos en el cazador. Pudo sentirlo abajo de ella, como le daba a entender sin palabras que estaba listo para hacerla suya una vez más, que estaba preparado para no solamente penetrar su alma, sino también su cuerpo. Recordó su primer encuentro en aquel hotel de Suiza y como todo había comenzado, y no pudo evitar sentirse igual de excitada, buscando en su imaginación avanzar más que eso.
Y aún así, a pesar de que su cuerpo estaba a punto de adelantarse a su mente, y de que su corazón explotara en pasión y amor... Aún así su cerebro se interpuso, sobresalió a todo pensamiento lujurioso que le invadiera. Recordaba como la había domado hace dos años, como la había manipulado hace unos minutos cuando la curaba y la trataba como a su juguete, demostrándole que el que mandaba allí era Mercer y no ella.
Era hora de la venganza...
Lo besó un poco más, incrementando la pasión en sus besos para darle a entender que ella también quería de él, para excitarlo hasta un punto sin regreso, al limite del desesperado libido... Y entonces... Se inclinó suavemente a su oído para morderlo y lamerlo, abriendo los labios con calma le susurró, pasionalmente:
- Tenemos un hijo de un poco más de un año... Se llama Magnus.
Sonrió y le dio un beso en la oreja, esperando la reacción, aún montada en él. Queria disfrutarlo al máximo, quería su venganza servida y aunque durara poco, jamás olvidaría ese momento, mientras una sonrisa oculta inundaba su boca.

Leona- Mensajes: 126
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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Levantó sus manos hacia las caderas de la chica y la sujetó con firmeza. Aun su mano izquierda tenía una fuerza bastante grande y siempre que la tocaba imprimía mucha de la misma, como si le gustara ser rudo con ella. Aunque ese “siempre” estaba de más ya que siempre pasaba una temporada larga antes de volver a encontrarse. Se estaba haciendo vicio. Pero por ahora solo quería que sintiera que tan mal lo había puesto.
Pero ella de inmediato pareció querer más besos, y no se lo impidió. La abrazó y su garra se posicionó, pesada y endurecida, sobre la espalda de ella, inmóvil por no romper la prenda que tenía puesta. La zurda sin embargo se dio gustó en recorrer el cuerpo de la persona amada mientras Gabriel cerraba los ojos y sonreía entre besos. Se preguntó cual de los dos estaba más loco de verdad, pero sabía que la respuesta era clara: ella, era una loca de remate… y le gustaba mucho.
Entonces confirmó que no era solo una loca, sino una especialmente cruel cuando se acercó a su oído. Pensó que le diría alguna burla como era su costumbre, pero lo que pronunció lo dejó helado.
Se quedó quieto un momento como esperando que ella riera o se desmintiera. La separó un poco para verla a los ojos mientras intentaba procesar aquello y recordaba especialmente aquella tarde-noche en Suecia. De pronto sintió un escalofrío y su cuerpo reaccionó antes que nada. Pegó un brinco tan grande que la tiró de encima, arrojándola a la alfombra mientras se ponía de pie agitado, cual si le hubiera dicho que era la asesina de su familia. Estaba agitado y aun excitado, pero el susto y la sorpresa pudieron más.
-¡Tonterías! –dijo negándose a creerlo mientras la veía en la alfombra, sobre la soda derramada.
Parte de él pensaba que podía ser cierto, pero la otra solamente pensaba que ella seguía siendo una ruin tramposa que podía besarlo y apuñalarlo al mismo tiempo sin miramientos. ¿Por qué nos e lo había dicho en Iran o lo había buscado? Aun si era cierto, ¿por qué ahora? Era la primera vez que sentía temor e ira y duda.
- +18:
- La movió hacia abajo, pese a que interrumpía los besos por un segundo, pero era tan bajita y él tan alto que costaba un poco que ambas cosas pudieran sentirse al mismo tiempo, o al menos en la posición incomoda en que él había quedado. La hizo frotarse contra su entrepierna, para que sintiera directamente cuan duro estaba y poder también disfrutar de su intimidad, pese a las barreras tan delgadas que los separaban.
Pero ella de inmediato pareció querer más besos, y no se lo impidió. La abrazó y su garra se posicionó, pesada y endurecida, sobre la espalda de ella, inmóvil por no romper la prenda que tenía puesta. La zurda sin embargo se dio gustó en recorrer el cuerpo de la persona amada mientras Gabriel cerraba los ojos y sonreía entre besos. Se preguntó cual de los dos estaba más loco de verdad, pero sabía que la respuesta era clara: ella, era una loca de remate… y le gustaba mucho.
Entonces confirmó que no era solo una loca, sino una especialmente cruel cuando se acercó a su oído. Pensó que le diría alguna burla como era su costumbre, pero lo que pronunció lo dejó helado.
- Tenemos un hijo de un poco más de un año... Se llama Magnus.
Se quedó quieto un momento como esperando que ella riera o se desmintiera. La separó un poco para verla a los ojos mientras intentaba procesar aquello y recordaba especialmente aquella tarde-noche en Suecia. De pronto sintió un escalofrío y su cuerpo reaccionó antes que nada. Pegó un brinco tan grande que la tiró de encima, arrojándola a la alfombra mientras se ponía de pie agitado, cual si le hubiera dicho que era la asesina de su familia. Estaba agitado y aun excitado, pero el susto y la sorpresa pudieron más.
-¡Tonterías! –dijo negándose a creerlo mientras la veía en la alfombra, sobre la soda derramada.
Parte de él pensaba que podía ser cierto, pero la otra solamente pensaba que ella seguía siendo una ruin tramposa que podía besarlo y apuñalarlo al mismo tiempo sin miramientos. ¿Por qué nos e lo había dicho en Iran o lo había buscado? Aun si era cierto, ¿por qué ahora? Era la primera vez que sentía temor e ira y duda.

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
El momento romántico, excitante, acababa de irse por un tubo gracias a Leona. La reacción de Gabriel era esperada, pero no de aquella manera... Lo primero que sucedió fue que se quedo muy quieto y muy callado, para después mirarla a los ojos, como buscando una explicación, tratando de asimilar lo que acababa de decirle. Quizás esperaba que lo desmintiera. Pero eso no llegó, sino que el escalofrío que recorrió la espalda de Gabriel fue el incentivo para que ella sonriera ampliamente, triunfal. Lo había conseguido.
Y de pronto se levantó, haciendo que ella rodara de encima de él y el sillón y cayera con un sonoro ruido en la alfombra, acompañado de un "Ah!". Eso si que no lo esperaba. No le dolió demasiado, sino que se puso de rodillas y se recargó en el sillón con cara de que no le había gustado, medio despeinada. Miró su muslo todo mojado se soda y se sentó para poder limpiarlo con lo primero que estuviera por ahí, como su chaqueta. "¡Tonterías!". Leona no dijo nada, sino que se limitó a caminar a su maleta, de donde extrajo una foto de Magnus, para mostrarsela.
Un pequeño bebé de cabellos negros como los de ella, pero ojos azules, que bien podrían emular a los de Gabriel. Esperaba que la foto, cosa que rectificaba aún más su historia, causara más efecto en el pobre y angustiado cazador... Quizás después le iría mal, pero ahora estaba disfrutando de todo aquello.
- ¿Tanto miedo le tienes a la paternidad, Gabe?
Preguntó, tomando otro pedazo de pizza para llevárselo a la boca, comiendo con bastante gusto. Después de todo la pizza no estaba tan mal... Ya le diría la verdad, pero más adelante. Además de ser cruelmente interesante, también le gustaba conocer los miedos de él. Siempre como el valiente cazador, temerario, poderoso... Y ahora, lo veía temblando como una hoja, casi al borde de muchas emociones que nunca había mostrado frente a ella. Todo por un bebé.
Que lindo...
Y de pronto se levantó, haciendo que ella rodara de encima de él y el sillón y cayera con un sonoro ruido en la alfombra, acompañado de un "Ah!". Eso si que no lo esperaba. No le dolió demasiado, sino que se puso de rodillas y se recargó en el sillón con cara de que no le había gustado, medio despeinada. Miró su muslo todo mojado se soda y se sentó para poder limpiarlo con lo primero que estuviera por ahí, como su chaqueta. "¡Tonterías!". Leona no dijo nada, sino que se limitó a caminar a su maleta, de donde extrajo una foto de Magnus, para mostrarsela.
Un pequeño bebé de cabellos negros como los de ella, pero ojos azules, que bien podrían emular a los de Gabriel. Esperaba que la foto, cosa que rectificaba aún más su historia, causara más efecto en el pobre y angustiado cazador... Quizás después le iría mal, pero ahora estaba disfrutando de todo aquello.
- ¿Tanto miedo le tienes a la paternidad, Gabe?
Preguntó, tomando otro pedazo de pizza para llevárselo a la boca, comiendo con bastante gusto. Después de todo la pizza no estaba tan mal... Ya le diría la verdad, pero más adelante. Además de ser cruelmente interesante, también le gustaba conocer los miedos de él. Siempre como el valiente cazador, temerario, poderoso... Y ahora, lo veía temblando como una hoja, casi al borde de muchas emociones que nunca había mostrado frente a ella. Todo por un bebé.
Que lindo...

Leona- Mensajes: 126
Fecha de inscripción: 14/03/2012
Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Describir como se sentía Gabriel era lo más difícil del mundo. Saber que tenía un hijo era algo que no le cabía en la cabeza, aun siendo de una chica de la que estaba enamorado. No se sentía listo para eso ni de broma. Estaba seguro de que ella lo estaba fastidiando por gusto, era capaz de hacerlo, el amor no lo segaba para saber que era una sádica. Pero no podía asegurar tampoco que había ocurrido entonces ni si fue precavido… no, seguramente no, hacía ya mas de dos años de aquello y no lograba recordar los detalles verdaderamente importantes, únicamente su aroma y su tacto… que ahora no le servía de mucho.
Leona buscó una fotografía que le mostro, pero Gabriel a penas la miró de reojo para luego mirar a un lado, totalmente nervioso. Su respiración se escuchaba agitada y sus músculos se marcaban. No podía saber si era suyo o no, así que no tenía idea de cómo actuar… un hombre debe ser responsable de sus cosas. Pero, ¿tan pronto, así nada más? Suspiró y pareció dudar un momento.
Se dio media vuelta mientras escuchaba la burla de Leona, pero no le respondió. Se había quedado únicamente en la camisa negra de manga corta que apretaba su torso, marcando unos músculos envidiables y un tamaño realmente grande para alguien que no era un culturista. Sin embargo era estético, no como esos sujetos que parecían casi nubes vivientes. La tela negra de su camisa se tensaba con cada movimiento incluso de sus brazos, por momentos como si fuera a reventar, pero se sostenía en su lugar. Se quitó completamente las correas que le colgaban sobre los muslos y las arrojó a un lado, dejándose solo el cinturón sobre los jeans y las botas que resonaban con cada paso. Cualquiera que lo viera moverse pensaría que iba directo a matar a alguien, pero en realidad estaba nervioso… asustado.
Llegó de regreso al refrigerador y lo abrió buscando una botella de agua helada que guardaba. Se empinó la misma y bebió sin parar, sin pensar en que los dientes le dolían horriblemente a causa del frío. Un poco del agua le resbaló por las comisuras de la boca y corrió hasta su torso, volviéndose una con la camisa del cazador. No se detuvo hasta acabarse todo, quería quitarse ese calor en que ella lo había dejado. Suspiró satisfecho y dejó la botella a un lado sin mirar aun a la chica. Se quedó pensando un momento, ya mucho más calmado gracias al frío. Entonces volteó a ver a Leona.
-Me lo abrías dicho antes, ¿por qué no lo hiciste? En Irán por ejemplo.
Se quedó mirándola comer pizza y se enfadó. Lo estaba disfrutando mucho. Se preguntó si podría envolverla en esa alfombra y tirarla por un barranco… no por el bebé, sino porque ella estaba gozando con verlo nervioso.
Al final no lo hizo, pero se aseguró de recordar donde guardaba el martillo para quitar la alfombra, nunca estaba de más saber esas cosas… apoyó los brazos sobre la mesilla de la cocina que servía de única mesa de comidas, y que permitía ver desde ahí hacia la sala donde ella se daba gusto. ¡¿Por qué carajos tenía que estar tan linda, y por qué diablos tenía que quererla?! La observó con el ceño fruncido.
-¿Entonces que? –dijo sin enojo pero con firmeza, quería saber que pasaría ahora.
Leona buscó una fotografía que le mostro, pero Gabriel a penas la miró de reojo para luego mirar a un lado, totalmente nervioso. Su respiración se escuchaba agitada y sus músculos se marcaban. No podía saber si era suyo o no, así que no tenía idea de cómo actuar… un hombre debe ser responsable de sus cosas. Pero, ¿tan pronto, así nada más? Suspiró y pareció dudar un momento.
Se dio media vuelta mientras escuchaba la burla de Leona, pero no le respondió. Se había quedado únicamente en la camisa negra de manga corta que apretaba su torso, marcando unos músculos envidiables y un tamaño realmente grande para alguien que no era un culturista. Sin embargo era estético, no como esos sujetos que parecían casi nubes vivientes. La tela negra de su camisa se tensaba con cada movimiento incluso de sus brazos, por momentos como si fuera a reventar, pero se sostenía en su lugar. Se quitó completamente las correas que le colgaban sobre los muslos y las arrojó a un lado, dejándose solo el cinturón sobre los jeans y las botas que resonaban con cada paso. Cualquiera que lo viera moverse pensaría que iba directo a matar a alguien, pero en realidad estaba nervioso… asustado.
Llegó de regreso al refrigerador y lo abrió buscando una botella de agua helada que guardaba. Se empinó la misma y bebió sin parar, sin pensar en que los dientes le dolían horriblemente a causa del frío. Un poco del agua le resbaló por las comisuras de la boca y corrió hasta su torso, volviéndose una con la camisa del cazador. No se detuvo hasta acabarse todo, quería quitarse ese calor en que ella lo había dejado. Suspiró satisfecho y dejó la botella a un lado sin mirar aun a la chica. Se quedó pensando un momento, ya mucho más calmado gracias al frío. Entonces volteó a ver a Leona.
-Me lo abrías dicho antes, ¿por qué no lo hiciste? En Irán por ejemplo.
Se quedó mirándola comer pizza y se enfadó. Lo estaba disfrutando mucho. Se preguntó si podría envolverla en esa alfombra y tirarla por un barranco… no por el bebé, sino porque ella estaba gozando con verlo nervioso.
Al final no lo hizo, pero se aseguró de recordar donde guardaba el martillo para quitar la alfombra, nunca estaba de más saber esas cosas… apoyó los brazos sobre la mesilla de la cocina que servía de única mesa de comidas, y que permitía ver desde ahí hacia la sala donde ella se daba gusto. ¡¿Por qué carajos tenía que estar tan linda, y por qué diablos tenía que quererla?! La observó con el ceño fruncido.
-¿Entonces que? –dijo sin enojo pero con firmeza, quería saber que pasaría ahora.

Gabriel Mercer- STAFF

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Edad: 28
Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Y entonces, fue como ver un espectáculo, y Leona estaba en primera fila. El nerviosismo, el no querer ver la foto de Magnus, el movimiento de sus músculos que marcaban la tensión. La verdad es que se adivinaba... Asustado. Y ni así, la cazadora sintió pena o remordimiento, pero lo que sí sabía es que probablemente la dejaría medio muerta cuando le dijera la aliviadora verdad... Y eso, le provocaba una ligera excitación. Así que llevaría aquello un poco más allá.
Se fue a calmar con un poco de agua fría, aquel ímpetu lujurioso que los habían abordado a ambos. Y entonces hablo. Ahora quería explicaciones. ¿Por qué no decírselo antes, como en Irán? Para hacerla un poco más de drama, la mujer miró la foto de su bebé, como si temiera decir las palabras. Luego él se recargo algo molesto, quizás porque se estaba comiendo su porción de pizza...
- Pensé que me conocías mejor. ¿Realmente crees que iría por el mundo buscando al padre de mi hijo, para criarlo juntos como una bonita familia feliz con una casa y un jardín, un perro, una tortuga y dos autos? Pffff...
Se levantó, alisándose la camisa de Gabriel que llevaba, tratando de cubrir sus muslos sin muchos resultados. Caminó hacia él y se detuvo justo enfrente, pero con la mesilla de la cocina interponiéndose entre ambos. Colocó las manos en ella, y también la foto, con la imagen hacía abajo.
- En Irán no tenia mucho de haber dado a luz. Ni siquiera sabía que quería de mi misma - Bueno, esa parte era verdad. - Además, sólo te lo digo como una "cortesia". Ni te atrevas a pensar que te dejaré tomar responsabilidad de él... No serías un buen padre, sólo sirves para... Tu sabes... La parte divertida.
Sonrió maliciosamente, dándole a entender para que era bueno. Estaba además, rebajándolo en esos aspectos, pero había sido un tiro al aire. No sabía si a él le importaría del todo, pero quería saber que pensaba de aquello. Quería empujarlo tan al limite... Quería conocerlo... Quería conocerlo totalmente, en todas situaciones. Quería gritarle al mundo que ella sabía más de Gabriel Mercer que cualquier otra persona.
Se fue a calmar con un poco de agua fría, aquel ímpetu lujurioso que los habían abordado a ambos. Y entonces hablo. Ahora quería explicaciones. ¿Por qué no decírselo antes, como en Irán? Para hacerla un poco más de drama, la mujer miró la foto de su bebé, como si temiera decir las palabras. Luego él se recargo algo molesto, quizás porque se estaba comiendo su porción de pizza...
- Pensé que me conocías mejor. ¿Realmente crees que iría por el mundo buscando al padre de mi hijo, para criarlo juntos como una bonita familia feliz con una casa y un jardín, un perro, una tortuga y dos autos? Pffff...
Se levantó, alisándose la camisa de Gabriel que llevaba, tratando de cubrir sus muslos sin muchos resultados. Caminó hacia él y se detuvo justo enfrente, pero con la mesilla de la cocina interponiéndose entre ambos. Colocó las manos en ella, y también la foto, con la imagen hacía abajo.
- En Irán no tenia mucho de haber dado a luz. Ni siquiera sabía que quería de mi misma - Bueno, esa parte era verdad. - Además, sólo te lo digo como una "cortesia". Ni te atrevas a pensar que te dejaré tomar responsabilidad de él... No serías un buen padre, sólo sirves para... Tu sabes... La parte divertida.
Sonrió maliciosamente, dándole a entender para que era bueno. Estaba además, rebajándolo en esos aspectos, pero había sido un tiro al aire. No sabía si a él le importaría del todo, pero quería saber que pensaba de aquello. Quería empujarlo tan al limite... Quería conocerlo... Quería conocerlo totalmente, en todas situaciones. Quería gritarle al mundo que ella sabía más de Gabriel Mercer que cualquier otra persona.

Leona- Mensajes: 126
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Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Gabriel escuchó a Leona sin moverse de su lugar. En ningún momento pensó que ella quisiera pedirle casarse o algo parecido, sabia que era suficientemente fuerte para valerse sin ningún hombre, eso le gustaba de ella, pero haberle dicho hubiese sido… lo correcto. Pensar en lo correcto era ridículo ahora, él no lo había hecho y se había dejado llevar por sus instintos y ahora estaba en esta situación. Se estiró un poco sin separarse de la mesa, pero no respondió nada todavía, su cerebro aun carburaba las ideas. Suspiró y chasqueó la lengua como si estuviera arto cuando ella terminó con ese “Pfff”, pero no dijo nada aun.
Fue tranquilizándose, ya habiendo dejado de lado la excitación y poco a poco el shock de la noticia. Por supuesto aun era bastante, pero su primera reacción, el miedo, había sido solo eso, miedo. Cuando ella se aproximó y dejó la foto boca abajo en la mesa él se quedó mirando el trozo de papel, plástico o lo que fuera de que estaban hechas las fotos. Alargó la mano derecha, sin preguntarle nada ni pedir permiso y la tomó para ver bien la foto. Se quedo observando la imagen del pequeño un largo rato, apoyando su codo izquierdo en la mesa. Jamás se había puesto a pensar en la idea de tener un hijo, sencillamente nunca había pensado en ello, y ahora…
Dejó la foto en la mesa frente a ella de nuevo y volteó a mirar sus ojos. Su expresión de molestia no había desaparecido, ni lo hizo su tono casi de irritación cuando habló al fin.
-Eso no lo decides tú, es cosa de los dos y ya has sido suficientemente egoísta -comentó señalándola acusadoramente con uno de sus afilados dedos. No protestó acerca de que servía para “la parte pervertida”.
Jaló una de las dos sillas altas para sentarse en ella de lado, de manera que quedó de perfil a Leona, apoyando su cabeza en su puño izquierdo y el codo izquierdo en la mesa. Estaba bien, quizás ya era tiempo de sentar cabeza, ¿no? No tenía absolutamente nada de que quejarse, estaba enamorado de Leona Blomkvist así que estaba bien, no era la tragedia de una noche de pasión de un par de muchachos, al menos de su parte. Asintió un par de veces para si mismo y luego la miró de nuevo y sonrió de medio labio.
-Vale –comentó incorporándose-, si alguna vez he de tener hijos, quiero que sea contigo… -dijo de paso avanzando hacia la maleta de Leona, pero se detuvo a mirarla un momento.
El cabello le cubría la vista, ensombreciéndole la mirada, pero una pequeña, muy pequeña marca de rubor fue visible en sus mejillas a causa de lo que le había dicho. De repente alargó la mano derecha con su terrible velocidad y la colocó en la nuca de la chica para atraerla a la vez que se inclinaba y clavaba un beso en sus labios, uno rápido pero intenso. No estaba cargado de deseo y lujuria –aunque la había en él- sino de cariño… al menos por esa vez. El corazón le latía a mil por hora cuando la besó de esa forma. ¿Se daría cuenta de que clase de beso era aquél o solo lo tomaría como otra muestra de que era bueno para… “la parte pervertida”?
Se separó algunos centímetros y se relamió ligeramente. Sus mejillas no habían perdido su color pero su ceño estaba aun fruncido, no perdía su actitud de “macho”.
-Todavía eres una mocosa loca.
Fue tranquilizándose, ya habiendo dejado de lado la excitación y poco a poco el shock de la noticia. Por supuesto aun era bastante, pero su primera reacción, el miedo, había sido solo eso, miedo. Cuando ella se aproximó y dejó la foto boca abajo en la mesa él se quedó mirando el trozo de papel, plástico o lo que fuera de que estaban hechas las fotos. Alargó la mano derecha, sin preguntarle nada ni pedir permiso y la tomó para ver bien la foto. Se quedo observando la imagen del pequeño un largo rato, apoyando su codo izquierdo en la mesa. Jamás se había puesto a pensar en la idea de tener un hijo, sencillamente nunca había pensado en ello, y ahora…
Dejó la foto en la mesa frente a ella de nuevo y volteó a mirar sus ojos. Su expresión de molestia no había desaparecido, ni lo hizo su tono casi de irritación cuando habló al fin.
-Eso no lo decides tú, es cosa de los dos y ya has sido suficientemente egoísta -comentó señalándola acusadoramente con uno de sus afilados dedos. No protestó acerca de que servía para “la parte pervertida”.
Jaló una de las dos sillas altas para sentarse en ella de lado, de manera que quedó de perfil a Leona, apoyando su cabeza en su puño izquierdo y el codo izquierdo en la mesa. Estaba bien, quizás ya era tiempo de sentar cabeza, ¿no? No tenía absolutamente nada de que quejarse, estaba enamorado de Leona Blomkvist así que estaba bien, no era la tragedia de una noche de pasión de un par de muchachos, al menos de su parte. Asintió un par de veces para si mismo y luego la miró de nuevo y sonrió de medio labio.
-Vale –comentó incorporándose-, si alguna vez he de tener hijos, quiero que sea contigo… -dijo de paso avanzando hacia la maleta de Leona, pero se detuvo a mirarla un momento.
El cabello le cubría la vista, ensombreciéndole la mirada, pero una pequeña, muy pequeña marca de rubor fue visible en sus mejillas a causa de lo que le había dicho. De repente alargó la mano derecha con su terrible velocidad y la colocó en la nuca de la chica para atraerla a la vez que se inclinaba y clavaba un beso en sus labios, uno rápido pero intenso. No estaba cargado de deseo y lujuria –aunque la había en él- sino de cariño… al menos por esa vez. El corazón le latía a mil por hora cuando la besó de esa forma. ¿Se daría cuenta de que clase de beso era aquél o solo lo tomaría como otra muestra de que era bueno para… “la parte pervertida”?
Se separó algunos centímetros y se relamió ligeramente. Sus mejillas no habían perdido su color pero su ceño estaba aun fruncido, no perdía su actitud de “macho”.
-Todavía eres una mocosa loca.

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
La primera reacción del albino fue chasquear la lengua, quizás en tono de molestia. Leona daría cualquier cosa por poder leer mentes, para entender qué era lo que sucedía en la mente de aquel hombre mientras ella respondía con aquellas casi crueles palabras. Le sorprendió notar que se adelantaba para tomar la foto de Magnus y mirarla por primera vez de manera real. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué pensaba de ese bebé? Y la respuesta fue bastante... Inesperada.
"-Eso no lo decides tú, es cosa de los dos y ya has sido suficientemente egoísta". Los ojos de Leona se abrieron un poco más. ¿Cosa de dos? ¿Eso significaba que estaba tomando responsabilidad de él? Miró como dejó la foto de nuevo en la mesa, queriendo toparse con los ojos de la cazadora, acusándola de ser egoísta, apuntándola con esa garra afilada. Entonces... Le importaba. De verdad le importaba. Eso sí que era algo que no esperaba, pero, tampoco era del todo imposible... Después de todo Gabriel era un vejecete, y los viejos tienen un sentido de la responsabilidad y compromiso más elevado que alguien de la edad de Leona.
No dijo nada, estaba muda de asombro... Y quizás un poco de admiración. Había subestimado a ese cazador, había pensado en él como un chiquillo que sólo se había interesado en ella una noche, una noche de pasión loca. Pero no, ese simple hecho, hacía que Leona se diera cuenta que él sentía algo más por ella. Algo más que un mero gusto o atracción. Lo vio acomodarse, como si pensara algo importante, mientras ella aún parpadeaba algo aturdida. ¿Ella lo amaba? Sabía que sí, pero a su orgullo le dolía aceptarlo, le dolía el estomago cada que si quiera pensara en admitirlo.
"-Vale, si alguna vez he de tener hijos, quiero que sea contigo…"
- ¡¿Ehhh...?!
¡No, no, no! ¡Eso no debía pasar! La situación estaba poniéndose romántica y ella no era alguien de romanticismos. Se puso tan roja que tuvo que darle la espalda a Gabriel, dejándolo caminar hasta su maleta. No quería que la viera así, como una mocosa enamorada, totalmente roja por sus palabras. ¡Ag! Estaba pensando seriamente en salir corriendo y jamás volver cuando él la giró, tomándola de la nuca para plantarle un beso muy diferente a los anteriores, pero no por eso desconocido en esos labios varoniles. Abrió los ojos como platos, quedándose paralizada, dejando que él hiciera todo el trabajo en ese beso. Al separarse pudo ver ese rostro suavizado por el color carmín, pero con ese tan adorado ceño enojado.
- No-o... ¡Mercer! ¡Eres un viejo rabo verde! - Lo empujó suavemente para separarlo de él, tan roja que comenzaba a marearse de tanta sangre acumulada en la cabeza. - Se supone que debías molestarte, o huir, o algo así... ¡No ponerte romántico!
Aunque realmente le agradaba ese cambio, y no quería que acabara, era hora de decir la verdad. Y ya no esperaba nada, ya ni podía tratar de adivinar las reacciones del albino.
- Magnus es mi hijo, pero no tuyo... Sólo quería hacerte enojar...
No dijo nada más. No lo miró, desviando la mirada, llevándose ambas manos a las mejillas. Cualquiera pensaría que era una expresión de pena o vergüenza, pero solamente lo hizo para tratar de que ese calor se fuera, y que el sonrojo mermara poco a poco.
"-Eso no lo decides tú, es cosa de los dos y ya has sido suficientemente egoísta". Los ojos de Leona se abrieron un poco más. ¿Cosa de dos? ¿Eso significaba que estaba tomando responsabilidad de él? Miró como dejó la foto de nuevo en la mesa, queriendo toparse con los ojos de la cazadora, acusándola de ser egoísta, apuntándola con esa garra afilada. Entonces... Le importaba. De verdad le importaba. Eso sí que era algo que no esperaba, pero, tampoco era del todo imposible... Después de todo Gabriel era un vejecete, y los viejos tienen un sentido de la responsabilidad y compromiso más elevado que alguien de la edad de Leona.
No dijo nada, estaba muda de asombro... Y quizás un poco de admiración. Había subestimado a ese cazador, había pensado en él como un chiquillo que sólo se había interesado en ella una noche, una noche de pasión loca. Pero no, ese simple hecho, hacía que Leona se diera cuenta que él sentía algo más por ella. Algo más que un mero gusto o atracción. Lo vio acomodarse, como si pensara algo importante, mientras ella aún parpadeaba algo aturdida. ¿Ella lo amaba? Sabía que sí, pero a su orgullo le dolía aceptarlo, le dolía el estomago cada que si quiera pensara en admitirlo.
"-Vale, si alguna vez he de tener hijos, quiero que sea contigo…"
- ¡¿Ehhh...?!
¡No, no, no! ¡Eso no debía pasar! La situación estaba poniéndose romántica y ella no era alguien de romanticismos. Se puso tan roja que tuvo que darle la espalda a Gabriel, dejándolo caminar hasta su maleta. No quería que la viera así, como una mocosa enamorada, totalmente roja por sus palabras. ¡Ag! Estaba pensando seriamente en salir corriendo y jamás volver cuando él la giró, tomándola de la nuca para plantarle un beso muy diferente a los anteriores, pero no por eso desconocido en esos labios varoniles. Abrió los ojos como platos, quedándose paralizada, dejando que él hiciera todo el trabajo en ese beso. Al separarse pudo ver ese rostro suavizado por el color carmín, pero con ese tan adorado ceño enojado.
- No-o... ¡Mercer! ¡Eres un viejo rabo verde! - Lo empujó suavemente para separarlo de él, tan roja que comenzaba a marearse de tanta sangre acumulada en la cabeza. - Se supone que debías molestarte, o huir, o algo así... ¡No ponerte romántico!
Aunque realmente le agradaba ese cambio, y no quería que acabara, era hora de decir la verdad. Y ya no esperaba nada, ya ni podía tratar de adivinar las reacciones del albino.
- Magnus es mi hijo, pero no tuyo... Sólo quería hacerte enojar...
No dijo nada más. No lo miró, desviando la mirada, llevándose ambas manos a las mejillas. Cualquiera pensaría que era una expresión de pena o vergüenza, pero solamente lo hizo para tratar de que ese calor se fuera, y que el sonrojo mermara poco a poco.

Leona- Mensajes: 126
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Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
En la mente de Gabriel Mercer pasó una serie de ideas de lo más abstractas. La primera de todas era la imagen de ella enterándose que iba a ser mamá mientras él seguía su camino de vuelta al castillo Mercer tras su derrota en la cacería y su enorme victoria y decepción de saber que no le volvería a ver. Luego se acordó de que el destino era algo en lo que creía y ahora lo hacía con más intensidad, después de todo ella había vuelto a él y viceversa. Luego vinieron las más raras de las imágenes: Se la imagino vestida de novia, cargándola y besándola mientras se la robaba del mundo. Se imaginó inclinándose con una rodilla al suelo para conocer a su hijo y una pequeña discusión sobre el nombre. Imaginó muchas cosas felices y divertidas, todas a su lado. No dijo ninguna de ellas ni volvió a pronunciarlas ni a pensar en ellas de forma tan clara y tan rápida. Le daba un poco de vergüenza.
“Vale, está bien”, se repitió en la mente con una pequeña semilla de felicidad en su interior. “Me quedare con ustedes”.
Muchas cosas le gustaban o se le hacían quizás… lindas, pero nunca había visto nada que le pareciera completamente tierno como lo que ocurrió entonces. Leona lo empujaba, sonrojada, asustada, insultándolo con palabras demasiado suaves, renegando de él. Lo divertía mucho y sentía el terrible deseo de apretarla contra el con fuerza, abrazarla y comérsela a besos y jamás dejarla ir ya. Se contuvo un poco, apenas dejando que sus labios dibujaran una pequeña sonrisa, viéndose francamente siniestro junto con su ceño fruncido.
El corazón le dio un vuelco. Sabía que estaba enamorado de ella pero por un momento se dio cuenta de cuanto lo estaba. Quería quedarse con ella de forma definitiva. No la dejó escapar del todo, sujetándola de la muñeca con la diestra, divertido con la situación. Había desaparecido la loca –que le encantaba por igual- y se había quedado solo esa parte que aun era niña de ella y se moría de pena. No le permitió alejarse.
-No… -le susurró tirando de ella sin demasiada fuerza- no te vas a ir de mi, ya no…
Se acercó mientras ella le daba la espalda y de pronto todo se vino abajo…
Se quedo quieto un momento, y su expresión permaneció en un punto perdido entre el asombro y la duda. Algo iba mal, ella había dicho algo pero no lograba entenderlo o recordarlo. ¿Estaba algo mal con sus oídos? Fue algo bastante fuerte, como una explosión y su cerebro aun lo estaba procesando. Parpadeó un par de veces y miró a su alrededor pensando que alguien le había atacado porque le dolía mucho el pecho de pronto. Ella se soltó, poniéndose las manos en la cara y dándole la espalda. Gabriel comenzó a entender un poco lo que le había dicho pero aun así…
-¿Ah? –Parpadeó de nuevo y ladeó a penas la cabeza- ¿Qué dijiste?
Le colocó la mano en el hombro para hacerla girar y quedar frente a él. Si no se dejaba lo haría a la fuerza. Se sentía como presa de algo terrible que lo aplastaba, pero no podía describir bien de que se trataba. Tragó saliva y sintió su garganta adolorida y reseca. Todas aquellas imágenes que habían llegado a su mente desaparecieron. Solo había sido un juego después de todo, molestarlo a ese nivel y hacerle creer en algo solo para reírse un rato. Los pensamientos… ridículos, fueron remplazados por recuerdos sumamente recientes:
Si, ¿Por qué no habría de ser así? Ella era demasiado joven y como para atarse al nivel que él estaba dispuesto a hacer si era con ella. Se había vengado bien de todo lo anterior y ahora dejaba claro que lo quería para divertirse. Y ya. Sintió un deseo terrible de golpearla… pero se acordó de cuanto la amaba y de aun ahora no podía dejar de hacerlo. Miró a un lado, el dolor en su pecho se había hecho insoportable. Avanzó hacia la maleta de ella y la tomó del asa, llevándosela hacia la habitación.
“Vale, está bien”, se repitió en la mente con una pequeña semilla de felicidad en su interior. “Me quedare con ustedes”.
Muchas cosas le gustaban o se le hacían quizás… lindas, pero nunca había visto nada que le pareciera completamente tierno como lo que ocurrió entonces. Leona lo empujaba, sonrojada, asustada, insultándolo con palabras demasiado suaves, renegando de él. Lo divertía mucho y sentía el terrible deseo de apretarla contra el con fuerza, abrazarla y comérsela a besos y jamás dejarla ir ya. Se contuvo un poco, apenas dejando que sus labios dibujaran una pequeña sonrisa, viéndose francamente siniestro junto con su ceño fruncido.
El corazón le dio un vuelco. Sabía que estaba enamorado de ella pero por un momento se dio cuenta de cuanto lo estaba. Quería quedarse con ella de forma definitiva. No la dejó escapar del todo, sujetándola de la muñeca con la diestra, divertido con la situación. Había desaparecido la loca –que le encantaba por igual- y se había quedado solo esa parte que aun era niña de ella y se moría de pena. No le permitió alejarse.
-No… -le susurró tirando de ella sin demasiada fuerza- no te vas a ir de mi, ya no…
Se acercó mientras ella le daba la espalda y de pronto todo se vino abajo…
- Magnus es mi hijo, pero no tuyo... Sólo quería hacerte enojar...
Se quedo quieto un momento, y su expresión permaneció en un punto perdido entre el asombro y la duda. Algo iba mal, ella había dicho algo pero no lograba entenderlo o recordarlo. ¿Estaba algo mal con sus oídos? Fue algo bastante fuerte, como una explosión y su cerebro aun lo estaba procesando. Parpadeó un par de veces y miró a su alrededor pensando que alguien le había atacado porque le dolía mucho el pecho de pronto. Ella se soltó, poniéndose las manos en la cara y dándole la espalda. Gabriel comenzó a entender un poco lo que le había dicho pero aun así…
-¿Ah? –Parpadeó de nuevo y ladeó a penas la cabeza- ¿Qué dijiste?
Le colocó la mano en el hombro para hacerla girar y quedar frente a él. Si no se dejaba lo haría a la fuerza. Se sentía como presa de algo terrible que lo aplastaba, pero no podía describir bien de que se trataba. Tragó saliva y sintió su garganta adolorida y reseca. Todas aquellas imágenes que habían llegado a su mente desaparecieron. Solo había sido un juego después de todo, molestarlo a ese nivel y hacerle creer en algo solo para reírse un rato. Los pensamientos… ridículos, fueron remplazados por recuerdos sumamente recientes:
“No serías un buen padre, sólo sirves para... Tu sabes... La parte divertida.”
Si, ¿Por qué no habría de ser así? Ella era demasiado joven y como para atarse al nivel que él estaba dispuesto a hacer si era con ella. Se había vengado bien de todo lo anterior y ahora dejaba claro que lo quería para divertirse. Y ya. Sintió un deseo terrible de golpearla… pero se acordó de cuanto la amaba y de aun ahora no podía dejar de hacerlo. Miró a un lado, el dolor en su pecho se había hecho insoportable. Avanzó hacia la maleta de ella y la tomó del asa, llevándosela hacia la habitación.

Gabriel Mercer- STAFF

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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Leona no podía saber que pensaba Gabriel, y de cierta manera era un alivio, y aunque desde hace algunos minutos hubiera dado su reino por conocer los pensamientos del prójimo, ahora debería dar las gracias de no saberlo.
"-No… [...] no te vas a ir de mi, ya no…". Pero la bocota de la cazadora fue más rápida que su pensamiento, y le dijo la verdad, aunque sabía que tenía que hacerlo, tarde o temprano. La incredulidad de Gabriel fue como un gancho al hígado. De verdad se había ilusionado, esa voz, ese tono de desilusión fue más de lo que Leona pudo resistir. Había esperado enojo, furia, lo que sea. Menos eso. Quería mirarlo al rostro, ahora que le daba la espalda, pero algo en su interior le hizo desistir esa idea.
De pronto la tomó e intento girarla. La mujer se resistió pero él lo hizo a la fuerza, girándola con firmeza para tenerla de frente. Por lo brusco del giro su cabello color noche se agitó un poco, dejándola medio despeinada frente a él. Y lo que paso... Fue lo peor de todo. No hubo palabras, no hubo expresiones, no hubo nada. Él desvió la mirada y luego se dio la vuelta, con intenciones de retirarse.
Ella se quedó ahí, mientras él tomaba su maleta. ¿Por qué el silencio? ¿Por qué no hacer nada? Parpadeó un par de veces mientras apretaba los puños, mientras sentía como algo el dolía en el pecho. Algo que jamás había experimentado y era totalmente desconocido para ella. Como si... Como si su corazón doliera. Bajó la mirada mientras el fleco desordenado le cubría los ojos, mordiéndose el labio inferior. ¿Que era lo que sentía? ¿Qué...?
De pronto el albino pudo sentir un golpe en su espalda y cómo lo sujetaban con fuerza. Leona lo había tomado de la ropa, apretando sus puños, mientras ocultaba su rostro recargando su frente en la espalda de él. Lo jaló para que se detuviera, apretando sus puños, arrugando su ropaje.
- Te odio...
Susurró lo bastante alto para que la escuchara, amortiguado por como ocultaba su rostro. El cazador podía sentir la cercanía de ella, como su cuerpo se presionaba contra él desde atrás.
- Tu provocas que haga estas cosas. Por eso te odio, porque me haces una persona diferente... - Tragó saliva pesadamente. - Te odio por quien eres, por como luces, por como hablas, por como arrugas el entrecejo, por hacerme sentir tantas cosas. Te odio desde Suiza, desde que te atreviste a tocarme y besarme... Te amo por todo eso...
Se apretó aún más contra él, escondiendo su rostro. No fue una disculpa, pero sin duda esas palabras ardieron al salir. Era como si hubiera hablado con aliento de fuego y dolía. Pero a la vez, se sentía un extraño alivio... Podía sentir ese dolor en el corazón que se enfriaba, que se calmaba como si un bálsamo hubiera sido derramado sobre él.
Realmente la situación ya no le pertenecía. Había perdido todo y eso le molestaba. Estaba tan descubierta como la primera vez. Se sentía tan vulnerable ahora... Había bajado la guardia, había abierto la puerta de su fortaleza para él. Y por eso lo odiaba totalmente, porque era el único que podía hacer algo así.
"-No… [...] no te vas a ir de mi, ya no…". Pero la bocota de la cazadora fue más rápida que su pensamiento, y le dijo la verdad, aunque sabía que tenía que hacerlo, tarde o temprano. La incredulidad de Gabriel fue como un gancho al hígado. De verdad se había ilusionado, esa voz, ese tono de desilusión fue más de lo que Leona pudo resistir. Había esperado enojo, furia, lo que sea. Menos eso. Quería mirarlo al rostro, ahora que le daba la espalda, pero algo en su interior le hizo desistir esa idea.
De pronto la tomó e intento girarla. La mujer se resistió pero él lo hizo a la fuerza, girándola con firmeza para tenerla de frente. Por lo brusco del giro su cabello color noche se agitó un poco, dejándola medio despeinada frente a él. Y lo que paso... Fue lo peor de todo. No hubo palabras, no hubo expresiones, no hubo nada. Él desvió la mirada y luego se dio la vuelta, con intenciones de retirarse.
Ella se quedó ahí, mientras él tomaba su maleta. ¿Por qué el silencio? ¿Por qué no hacer nada? Parpadeó un par de veces mientras apretaba los puños, mientras sentía como algo el dolía en el pecho. Algo que jamás había experimentado y era totalmente desconocido para ella. Como si... Como si su corazón doliera. Bajó la mirada mientras el fleco desordenado le cubría los ojos, mordiéndose el labio inferior. ¿Que era lo que sentía? ¿Qué...?
De pronto el albino pudo sentir un golpe en su espalda y cómo lo sujetaban con fuerza. Leona lo había tomado de la ropa, apretando sus puños, mientras ocultaba su rostro recargando su frente en la espalda de él. Lo jaló para que se detuviera, apretando sus puños, arrugando su ropaje.
- Te odio...
Susurró lo bastante alto para que la escuchara, amortiguado por como ocultaba su rostro. El cazador podía sentir la cercanía de ella, como su cuerpo se presionaba contra él desde atrás.
- Tu provocas que haga estas cosas. Por eso te odio, porque me haces una persona diferente... - Tragó saliva pesadamente. - Te odio por quien eres, por como luces, por como hablas, por como arrugas el entrecejo, por hacerme sentir tantas cosas. Te odio desde Suiza, desde que te atreviste a tocarme y besarme... Te amo por todo eso...
Se apretó aún más contra él, escondiendo su rostro. No fue una disculpa, pero sin duda esas palabras ardieron al salir. Era como si hubiera hablado con aliento de fuego y dolía. Pero a la vez, se sentía un extraño alivio... Podía sentir ese dolor en el corazón que se enfriaba, que se calmaba como si un bálsamo hubiera sido derramado sobre él.
Realmente la situación ya no le pertenecía. Había perdido todo y eso le molestaba. Estaba tan descubierta como la primera vez. Se sentía tan vulnerable ahora... Había bajado la guardia, había abierto la puerta de su fortaleza para él. Y por eso lo odiaba totalmente, porque era el único que podía hacer algo así.

Leona- Mensajes: 126
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Localización: De caza.
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Se detuvo, más por la sorpresa que por otra cosa, cuando sintió su mano sujetar su espalda y a ella pegarse contra él. Volteó por sobre su hombro intentando verla pero solo logró alcanzar a divisar media silueta suya. No se movió de su sitio, porque sencillamente el sentirla de esa forma era fascinante. Apretó la maleta y tragó saliva despacio, y ella comenzó a hablar.
Miraba solo al frente ahora, mientras ella confesaba palabras que el sentía igual, muy vivas en su ser desde hace tiempo. Fue un verdadero alivio el saber que ella sentía lo mismo, como si una tensión terrible se hubiera desvanecido. El dolor persistía pero había disminuido considerablemente. Permanecieron en silencio, él sintiendo como el suave y relativamente pequeño cuerpo de la mujer que amaba se pegaba a su espalda. Lo interpretó como una disculpa, había querido jugar con él y al ver que lo había lastimado en serio corrió a confesarle aquello. Gabriel se volteó despacio y tomó una de sus manos con la suya y se la llevó dentro de la habitación que no se molestó en cerrar.
El cuarto era sencillo, cuatro paredes con un armario de madera grande con cajones en la base, cerrados con llave. Una mesa con un espejo y algunas cosas de aseo personal y una cama pegada a la pared, de lado a la ventana con cortinas azules. Toda la habitación estaba pintada de ese azul suave y agradable y la luz que se filtraba por la ventana queda impregnada de ese color e iluminaba a penas sin robar la frescura del lugar.
Gabriel dejó la maleta a un lado y se volteó a mirarla, aun sujetándola de la mano. Su rostro parecía ecuánime, ya no lucía molesto, pero tampoco todo lo feliz que de verdad habría esperado sentirse con aquella confesión –o que poco a poco se iba sintiendo por dentro-. Miró sus ojos un momento.
¡Dios, como tenía ganas de comérsela a besos y hasta morderle la piel! Sin soltar su mano aun, se inclinó ligeramente, mirándola ahora con los ojos encendidos. La tomó por el mentón con la otra mano un momento y abrió la boca a penas, como si fuera a decirle algo, pero no hubo palabras. Sus labios tocaron los de ella una vez, y luego otra, y luego se convirtió en un beso autentico. Se acercó a ella y la estrechó tan fuerte como podía sin abrirle las heridas. Sus manos comenzaron a acariciarla desde la espalda a la cadera y por la nuca. No eran besos juguetones ni caricias perversas como habían tenido tantas otras, eran terriblemente pasionales y casi de… devoción. Besó su rostro varias veces como desesperado, pero de inmediato se contuvo. Suspiró, suprimiendo lo que su corazón le obligaba a hacer.
-Eso de antes dolió mucho de verdad –le dijo frunciendo el ceño, pero en sus mejillas se veía un ligero rubor a penas marcado- solo porque estoy tan enamorado de ti como de nada más en la vida no te llevas lo que te mereces.
No pudo contenerse y robar más besos. Su corazón se sentía como una burbuja flotando en su pecho. No era bueno con las palabras y esperaba que lo entendiera con aquellas pocas y con su lenguaje tan físico. Volvió a separarse, apenas unos centímetros de su rostro para volver a mirarla.
-Pero, el que te ame no te da derecho a hacer lo que te venga en gana y vas a tener que compensarme –apretó su mano contra la de ella, entrelazando sus dedos gruesos y de tacto poco natural, como si fueran de plástico, con los de ella- vas a tener que cumplir tu palabra y quedarte conmigo para siempre y me vas a amar como yo a ti… vas a tener que hacer verdad tu juego, y me vas a dar un hijo a mí.
Se sorprendió de no sentirse mareado ni nada cuando le dijo aquello. La sola idea lo había hecho aterrarse antes pero ahora parecía tan natural que era impensable que no fuera así. Se quedó quieto un momento y callado, mirándola solamente, con su cuerpo pegado al suyo y aun sujetándola con los dedos entrelazados de esa forma. Se inclinó pegando su frente a la de ella, entrecerrando los ojos ligeramente.
-Ya no te vas a ir de mí, ni yo de ti…
Miraba solo al frente ahora, mientras ella confesaba palabras que el sentía igual, muy vivas en su ser desde hace tiempo. Fue un verdadero alivio el saber que ella sentía lo mismo, como si una tensión terrible se hubiera desvanecido. El dolor persistía pero había disminuido considerablemente. Permanecieron en silencio, él sintiendo como el suave y relativamente pequeño cuerpo de la mujer que amaba se pegaba a su espalda. Lo interpretó como una disculpa, había querido jugar con él y al ver que lo había lastimado en serio corrió a confesarle aquello. Gabriel se volteó despacio y tomó una de sus manos con la suya y se la llevó dentro de la habitación que no se molestó en cerrar.
El cuarto era sencillo, cuatro paredes con un armario de madera grande con cajones en la base, cerrados con llave. Una mesa con un espejo y algunas cosas de aseo personal y una cama pegada a la pared, de lado a la ventana con cortinas azules. Toda la habitación estaba pintada de ese azul suave y agradable y la luz que se filtraba por la ventana queda impregnada de ese color e iluminaba a penas sin robar la frescura del lugar.
Gabriel dejó la maleta a un lado y se volteó a mirarla, aun sujetándola de la mano. Su rostro parecía ecuánime, ya no lucía molesto, pero tampoco todo lo feliz que de verdad habría esperado sentirse con aquella confesión –o que poco a poco se iba sintiendo por dentro-. Miró sus ojos un momento.
¡Dios, como tenía ganas de comérsela a besos y hasta morderle la piel! Sin soltar su mano aun, se inclinó ligeramente, mirándola ahora con los ojos encendidos. La tomó por el mentón con la otra mano un momento y abrió la boca a penas, como si fuera a decirle algo, pero no hubo palabras. Sus labios tocaron los de ella una vez, y luego otra, y luego se convirtió en un beso autentico. Se acercó a ella y la estrechó tan fuerte como podía sin abrirle las heridas. Sus manos comenzaron a acariciarla desde la espalda a la cadera y por la nuca. No eran besos juguetones ni caricias perversas como habían tenido tantas otras, eran terriblemente pasionales y casi de… devoción. Besó su rostro varias veces como desesperado, pero de inmediato se contuvo. Suspiró, suprimiendo lo que su corazón le obligaba a hacer.
-Eso de antes dolió mucho de verdad –le dijo frunciendo el ceño, pero en sus mejillas se veía un ligero rubor a penas marcado- solo porque estoy tan enamorado de ti como de nada más en la vida no te llevas lo que te mereces.
No pudo contenerse y robar más besos. Su corazón se sentía como una burbuja flotando en su pecho. No era bueno con las palabras y esperaba que lo entendiera con aquellas pocas y con su lenguaje tan físico. Volvió a separarse, apenas unos centímetros de su rostro para volver a mirarla.
-Pero, el que te ame no te da derecho a hacer lo que te venga en gana y vas a tener que compensarme –apretó su mano contra la de ella, entrelazando sus dedos gruesos y de tacto poco natural, como si fueran de plástico, con los de ella- vas a tener que cumplir tu palabra y quedarte conmigo para siempre y me vas a amar como yo a ti… vas a tener que hacer verdad tu juego, y me vas a dar un hijo a mí.
Se sorprendió de no sentirse mareado ni nada cuando le dijo aquello. La sola idea lo había hecho aterrarse antes pero ahora parecía tan natural que era impensable que no fuera así. Se quedó quieto un momento y callado, mirándola solamente, con su cuerpo pegado al suyo y aun sujetándola con los dedos entrelazados de esa forma. Se inclinó pegando su frente a la de ella, entrecerrando los ojos ligeramente.
-Ya no te vas a ir de mí, ni yo de ti…

Gabriel Mercer- STAFF

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Localización: En alguna parte del mundo
Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Él no se movió en lo absoluto, ni tampoco dijo nada mientras la cazadora se confesaba, dejando que las palabras fluyeran sin restricciones. La única respuesta fue un movimiento. Se giró suavemente y la tomó de la mano para jalarla a la habitación, un cambio inesperado para ella, que se dejo llevar con un rostro de sorpresa. La habitación era sencilla pero cómoda; no la miró demasiado, esperando la reacción de Gabriel... Quien se giró para verla a los ojos.
Leona tragó saliva, mientras observaba como se inclinaba suavemente ante ella. Se veía neutro, ni enojado ni feliz. De nuevo esa maldita sensación de querer saber lo que pensaba. ¿La había perdonado? ¿No sentía lo mismo? ¿Iba a rechazarla? ¿Había ido demasiado lejos? Cuando la tomó por el mentón se puso totalmente tensa... Si hubiera sido otra persona ya estaría haciéndole una llave para mandarlo lejos. Sin embargo con él no podía hacer nada más que mirarlo suplicante y asustada, como una niña que se acababa de portar mal.
Pero lo que sucedió fue tan inesperado como todo lo que estaba haciendo Mercer. Se acercó a darle un suave beso, que después se convirtió en uno más intenso, pero a la vez cariñoso. Cerró lentamente los ojos, dejándose llevar por aquel silencioso gesto que después se transformó en caricias, por toda su espalda hasta la nuca. Ella en cambio subió la mano libre para abrazarlo por el cuello, metiendo sus dedos entre las hebras de su cabello albino, parándose un poco de puntitas a pesar de que él se había inclinado.
Los besos por el rostro los sintió tiernos, extremadamente tiernos... La única persona que había hecho eso en su vida había sido su abuela. Abrió un ojo cuando se detuvo, sonriendo ligeramente. Las siguientes palabras de él fueron directas pero las siguientes compensaban todo. "Solo porque estoy tan enamorado de ti como de nada más en la vida no te llevas lo que te mereces". El sonrojo fue automático y su sonrisa se ensanchó sola sin pedir permiso. Adoraba como la miraba con ese ceño molesto, pero se contradecía con ese sonrojo y esas palabras.
- Jejeje...
Si iba a decir algo, quedo en el olvido cuando él se lanzó en una segunda ronda de besos que ésta vez correspondió, dándole donde podía, besando su rostro, su piel. "Pero, el que te ame no te da derecho a hacer lo que te venga en gana y vas a tener que compensarme. [...] vas a tener que cumplir tu palabra y quedarte conmigo para siempre y me vas a amar como yo a ti… vas a tener que hacer verdad tu juego, y me vas a dar un hijo a mí." Sintió aquella mano demoníaca apretarse contra la suya mientras sus ojos se abrían como platos ante tal declaración.
- ¿Eh-h?
Pensó muchas cosas como "¡Estas loco!", "¡No sabes lo que dices!", pero en lugar de eso se quedó boqui abierta, sintiendo un retortijón en el estomago, una mezcla de emoción, excitación, felicidad y... miedo. Sí, miedo. No le dio demasiado tiempo para pensar el porque de aquello, hasta que se acercó y juntando su frente con la de ella dijo aquello que eliminaba toda duda del corazón de la cazadora... Entonces... Ya no iban a separarse.
- Gabriel... También te odio por dejarme sin palabras...
Apretó sus dedillos entre los afilados de él, sintiendo el dolor por lo fuerte que lo apretaba, aún así, estiró un poco el rostro para darle un beso en los labios, aún abrazándolo por el cuello de la mano libre. Comenzó a caminar hacia él, empujándolo suavemente hacia atrás, con intenciones de que cayera en la cama, si se dejaba, se subiría sobre él como un gato, rodeándolo con sus brazos y piernas desnudas, inclinándose un poco para besar un poquito su mentón.
Pensaba que pasaría el resto de la tarde con él... De la forma que más le gustaba.
Leona tragó saliva, mientras observaba como se inclinaba suavemente ante ella. Se veía neutro, ni enojado ni feliz. De nuevo esa maldita sensación de querer saber lo que pensaba. ¿La había perdonado? ¿No sentía lo mismo? ¿Iba a rechazarla? ¿Había ido demasiado lejos? Cuando la tomó por el mentón se puso totalmente tensa... Si hubiera sido otra persona ya estaría haciéndole una llave para mandarlo lejos. Sin embargo con él no podía hacer nada más que mirarlo suplicante y asustada, como una niña que se acababa de portar mal.
Pero lo que sucedió fue tan inesperado como todo lo que estaba haciendo Mercer. Se acercó a darle un suave beso, que después se convirtió en uno más intenso, pero a la vez cariñoso. Cerró lentamente los ojos, dejándose llevar por aquel silencioso gesto que después se transformó en caricias, por toda su espalda hasta la nuca. Ella en cambio subió la mano libre para abrazarlo por el cuello, metiendo sus dedos entre las hebras de su cabello albino, parándose un poco de puntitas a pesar de que él se había inclinado.
Los besos por el rostro los sintió tiernos, extremadamente tiernos... La única persona que había hecho eso en su vida había sido su abuela. Abrió un ojo cuando se detuvo, sonriendo ligeramente. Las siguientes palabras de él fueron directas pero las siguientes compensaban todo. "Solo porque estoy tan enamorado de ti como de nada más en la vida no te llevas lo que te mereces". El sonrojo fue automático y su sonrisa se ensanchó sola sin pedir permiso. Adoraba como la miraba con ese ceño molesto, pero se contradecía con ese sonrojo y esas palabras.
- Jejeje...
Si iba a decir algo, quedo en el olvido cuando él se lanzó en una segunda ronda de besos que ésta vez correspondió, dándole donde podía, besando su rostro, su piel. "Pero, el que te ame no te da derecho a hacer lo que te venga en gana y vas a tener que compensarme. [...] vas a tener que cumplir tu palabra y quedarte conmigo para siempre y me vas a amar como yo a ti… vas a tener que hacer verdad tu juego, y me vas a dar un hijo a mí." Sintió aquella mano demoníaca apretarse contra la suya mientras sus ojos se abrían como platos ante tal declaración.
- ¿Eh-h?
Pensó muchas cosas como "¡Estas loco!", "¡No sabes lo que dices!", pero en lugar de eso se quedó boqui abierta, sintiendo un retortijón en el estomago, una mezcla de emoción, excitación, felicidad y... miedo. Sí, miedo. No le dio demasiado tiempo para pensar el porque de aquello, hasta que se acercó y juntando su frente con la de ella dijo aquello que eliminaba toda duda del corazón de la cazadora... Entonces... Ya no iban a separarse.
- Gabriel... También te odio por dejarme sin palabras...
Apretó sus dedillos entre los afilados de él, sintiendo el dolor por lo fuerte que lo apretaba, aún así, estiró un poco el rostro para darle un beso en los labios, aún abrazándolo por el cuello de la mano libre. Comenzó a caminar hacia él, empujándolo suavemente hacia atrás, con intenciones de que cayera en la cama, si se dejaba, se subiría sobre él como un gato, rodeándolo con sus brazos y piernas desnudas, inclinándose un poco para besar un poquito su mentón.
Pensaba que pasaría el resto de la tarde con él... De la forma que más le gustaba.

Leona- Mensajes: 126
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Re: La reina en el palacio de las corrientes de aire [Privado]
Sus besos fueron su única respuesta, y era todo lo que necesitaba. Los correspondió mientras se enredaban en un nuevo abrazo. ¿Qué clase de locura es la que se gestaba cuando estaban juntos? Ni diez horas pasaron desde que se conocieron por primera vez y supieron sus nombres y terminaron haciendo el amor. Ni medio día pasó de que se reencontraran y se estaban ya prometiendo permanecer juntos. Gabriel había creído que esa clase de amor era casi imposible, reservado únicamente para los seres emocionalmente más elevados… niñatos que leían poesía y jovencitas que dejaban caer sus pañuelos entre risillas. Ninguno de los dos era así ni por asomo.
Sintió que era empujado e intentó oponerse al principio. Sabía que ella era alguien que amaba, pero de quien debía cuidarse también. Pero la necesidad de besarla se impuso y se dejó llevar, cayendo sobre la cama con los brazos extendidos mientras ella se trepaba a mirarle, como si fuera una gata. Arrugó el entrecejo como retándola y al mismo tiempo queriendo verse más severo. Pero no dijo nada. Su rostro se marcaba de sonrojo, sus ojos se perdían en los de ella.
“Si, está bien…”
Pasar el resto de la vida juntos sonaba demasiado bien. Por primera vez sentía que se lo merecía de verdad y lo quería.
Movió una mano y le empujó la rodilla para que perdiera el equilibrio y cayera encima de él. Quería abrazarla y besarla y amarla… y cobrar venganza. Volvió a besarla, enredándose con ella de nuevo, ahora también con sus sabanas y apagó la luz con el interruptor que tenía cerca. Suavemente susurró un.
-Te amo.
Sintió que era empujado e intentó oponerse al principio. Sabía que ella era alguien que amaba, pero de quien debía cuidarse también. Pero la necesidad de besarla se impuso y se dejó llevar, cayendo sobre la cama con los brazos extendidos mientras ella se trepaba a mirarle, como si fuera una gata. Arrugó el entrecejo como retándola y al mismo tiempo queriendo verse más severo. Pero no dijo nada. Su rostro se marcaba de sonrojo, sus ojos se perdían en los de ella.
“Si, está bien…”
Pasar el resto de la vida juntos sonaba demasiado bien. Por primera vez sentía que se lo merecía de verdad y lo quería.
Movió una mano y le empujó la rodilla para que perdiera el equilibrio y cayera encima de él. Quería abrazarla y besarla y amarla… y cobrar venganza. Volvió a besarla, enredándose con ella de nuevo, ahora también con sus sabanas y apagó la luz con el interruptor que tenía cerca. Suavemente susurró un.
-Te amo.

Gabriel Mercer- STAFF

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